LITERATURA DE AA
  QUINTA PARTE
 
 
VIVIENDO SOBRIO - QUINTA PARTE
 
21. EVITAR LAS DROGAS Y MEDICAMENTOS PELIGROSOS
 
 
El uso de diversas sustancias químicas para cambiarse de temple o modificar las emociones es una práctica humana muy antigua y muy difundida. Es probable que el alcohol etílico fuera la primera droga para este uso y puede que haya sido siempre la más popular.
Algunas drogas tienen un valor real y son benéficas cuando son administradas por médicos informados, si se usan sólo según las indicaciones y si se discontinúa el uso cuando ya no constituye una necesidad médica.
Como miembros de A.A. - no médicos - no somos de ninguna manera competentes para recomendar cualquier medicamento. Tampoco somos competentes para aconsejar a nadie que no tome un medicamento recetado.
Lo que podemos hacer con responsabilidad es solamente ofrecer nuestra experiencia personal.
Para nosotros la bebida se convirtió en una especie de automedicación. A menudo bebimos para sentirnos mejor, menos enfermos.
Y miles de nosotros también hicimos uso de otras sustancias químicas. Descubrimos los estimulantes que parecían contrarrestar la resaca o aliviar nuestra depresión (hasta que ellos también llegaron a deprimirnos), los sedativos y tranquilizantes que podían sustituirse por el alcohol y calmar los temblores, las píldoras y jarabes que se venden sin receta (muchos de los cuales se suponen "no adictivos" o que "no crean hábitos"), que nos ayudaban a dormir o nos vigorizaban o relajaban nuestras inhibiciones, o nos transportaban en oleadas exquisitas.
Evidentemente, este vivo deseo, casi una necesidad, de drogas psicotrópicas (que afectan a la mente) puede estar arraigada en toda persona que bebe en exceso.
Aunque teóricamente una droga no sea, en términos farmacológicos, adictiva, hemos encontrado que fácilmente podemos formar un hábito y llegar a ser dependientes de ella. Es como si "una propensión a la adición" fuera algo que existe dentro de nosotros, y no tuviera nada que ver con la clase misma de la droga. Algunos de nosotros creemos que nos hemos convertido en gente "adictiva", y nuestra experiencia habla en apoyo de esta idea.
Por eso hacemos un gran esfuerzo por evitar todas las drogas ilícitas, e incluso muchas de las píldoras y panaceas que se venden sin receta, así como los tranquilizantes.
Incluso para aquellos de entre nosotros que nunca nos hemos enviciado en ninguna droga, ellas representan un peligro serio, porque lo hemos visto demostrado repetidas veces. A menudo, las drogas despiertan de nuevo un deseo ardiente de "la magia oral", de algún tipo de estar subido, o de la tranquilidad. Y si las tomamos una o dos veces sin perjuicio, parece cada vez más fácil tomar una copa.
A.A. no es un grupo de presión contra las drogas o la marijuana. como sociedad, no adoptamos ninguna posición jurídica o moral pro o contra la marijuana o cualquier otra sustancia de esta índole. (Sin embargo, todo miembro tiene derecho, como lo tiene cada persona adulta, a tener su propia opinión sobre estos asuntos, y a actuar sobre ellos de la manera que le parezca justa).
Esto es algo parecido a la posición - o tal vez sería mejor decir "no posición" - de los miembros de A.A. sobre las bebidas alcohólicas. Como sociedad, no somos anti-alcohol, ni nos oponemos a la bebida para los millones de individuos que pueden tomarla sin hacer daño a sus propias personas o a otras.
Algunos (pero no todos) de nosotros que nos hemos mantenido sobrios durante algún tiempo estamos perfectamente dispuestos a servir bebidas alcohólicas en nuestras casas a invitados no alcohólicos. Beber o no beber es asunto suyo. No beber, o beber si queremos, es de la misma manera asunto nuestro, y no tenemos nada en contra de los que beben. En general, hemos llegado a la conclusión de que la bebida es mala para nosotros, y hemos encontrado modos de vivir sin la bebida que preferimos a nuestros días de borrachos.
No todos, pero bastantes alcohólicos encuentran que su organismo manifiesta una tolerancia a las drogas analgésicas, de
manera que les sea necesario tomarlas en cantidades grandes cuando requieren un analgésico o anestésico como necesidad médica.
Algunos dicen que tiene relaciones adversas a los anestésicos locales (por ejemplo, la Novocaína) inyectados por los dentistas. al menos, estamos nerviosos en extremo cuando nos levantamos de la silla, y esta condición puede durar bastante tiempo, a menos que podamos echarnos un rato, hasta que se disipe. (En estos momentos la compañía de otro alcohólico recuperado nos puede sosegar).
Otros alcohólicos recuperados dicen que no sufren de estos efectos adversos. Nadie tiene ninguna idea sobre cómo pronosticar los casos en que dichas reacciones van a manifestarse. De todos modos, es prudente decirle a nuestro medico, dentista o anestesista la pura verdad de nuestra antigua costumbre de beber (y de tomar las píldoras, si así fue), lo mismo como nos aseguramos de que sepan de otros detalles de nuestras historias médicas.
Los dos relatos que siguen, parecen tipificar la experiencia de A.A. con las drogas psicotrópicas (que afectan la mente) diferentes del alcohol.
Uno de nosotros, casi treinta años sobrio, decidió que quería probar la marijuana, que nunca había fumado antes. Pues, lo hizo. Le gustaban los efectos, y durante algunos meses, según creía él, podía utilizarla en ocasiones sociales sin problema alguno. Luego, alguien le dijo que sólo un sorbo de vino intensificaría el efecto, y lo ensayó, sin pensar en su mala historia del alcoholismo. Después de todo, sólo tomaba un sorbo de vino muy suave.
Dentro de un mes, estaba bebiendo mucho y se dio cuenta de que estaba esclavizado de nuevo por el alcoholismo agudo.
Podemos añadir otros cientos de comillas al final de esta historia, tantas veces ha sido repetido, sólo con pocas modificaciones. Con agrado les podemos decir que esta persona se hizo sobrio, y también dejó de fumar la marijuana; desde hace dos años ha estado libra de la bebida y de la hierba. De nuevo él es un alcohólico sobrio, activo y feliz, disfrutando de su vida en A.A.
No todos los que han probado la marijuana han logrado recuperar la sobriedad. Para algunos de estos miembros de A.A., fumar la marijuana les ha conducido a volver a beber, y han avanzado en su adicción original hasta la muerte.
El segundo cuento trata de una mujer joven, diez años sobria, que fue hospitalizada para sufrir una delicada operación. Su médico,
que era experto en alcoholismo, le dijo que, después de la operación, sería necesario administrarle una o dos veces, una dosis de morfina, como analgésico; pero le aseguró que después no la necesitaría más. Nunca había tomado nada más fuerte que una aspirina, y ésta raramente, en dolores de cabeza.
Dos noches después de la operación, le pidió al médico que le diera a ella una dosis más de morfina. Ya ha recibido dos. El médico le preguntó: "¿Tienes dolores?".
"No", ella respondió. Y luego añadió con toda inocencia: "Pero puede que más tarde vaya a tenerlos".
Cuando el médico le sonrió, ella se dio cuenta de lo que había dicho y de lo que, evidentemente, significaba. De alguna manera, su cuerpo y mente ya estaban deseando la droga.
Ella se echó a reír, y no insistió; desde entonces no ha sentido ese deseo. cinco años después, todavía se mantienen sobria y en buena salud. Habla del incidente para ilustrar su creencia de que toda persona que hubiera tenido un problema con la bebida, tendría una "propensión a la adicción" permanente.
De aquí que la mayoría de nosotros tratemos de asegurarnos de que cualquier médico o dentista que nos atiende, esté informado sobre nuestra historia personal y bastante enterado del alcoholismo como para tener conciencia de los riesgos que corremos al tomar las medicaciones. Y tomamos cuidado en lo que usamos por nuestra propia cuenta; evitamos los jarabes para la tos que contienen alcohol, codeína o bromuros, y todos los elíxires, los polvos, los analgésicos sintéticos, licores y vapores, a veces abundantemente repartidos por farmacéuticos no autorizados o anestesistas amateurs.
¿Por qué correr un riesgo?
Hemos visto que no es difícil en absoluto evitar estas situaciones peligrosas - sólo por razones de la salud, no de la moralidad. En A.A., hemos logrado llevar una vida libre de drogas que, para nosotros, es mucho más agradable que lo que experimentamos cuando tomamos las sustancias psicotrópicas.
De todos modos, la "magia" química que sentimos a causa del alcohol (o los sustitutos por el alcohol) era algo privada y egoísta. No podíamos compartir las sensaciones agradables con nadie. Ahora, nos gusta compartir, los unos con los otros en A.A., o con cualquier persona, nuestra felicidad natural, no drogada.
Andando el tiempo, el sistema nervioso se vuelve sano y está condicionado a la ausencia de drogas psicotrópicas, como el
alcohol. Cuando nos sentimos más cómodos sin las sustancias químicas que sentíamos antes, cuando éramos dependientes de ellas, llegamos a aceptar nuestras emociones normales y a confiar en ellas, ya sean altas o bajas. Entonces, tenemos la fortaleza para tomar decisiones sanas e independientes, sin entregarnos como antes al impulso o al deseo, producido por una droga, de satisfacción inmediata. Podemos ver y considerar más aspectos de la situación que podíamos antes; podemos diferir la satisfacción por un beneficio más perdurable; y podemos sopesar más justamente no sólo nuestro propio bienestar, sino también el de las personas a quienes queremos.
Sencillamente, ahora no nos interesan más los sustitutos químicos por la vida, ya que sabemos lo que es la vida auténtica.
 
22. ELIMINAR LA AUTOCOMPASION
 
 
Esta emoción es tan desagradable que nadie que esté en sus cabales quiere admitir padecerla. Aun cuando estamos sobrios, muchos de nosotros hacemos cuanto está a nuestro alcance para ocultarnos a nosotros mismos el hecho de que estamos atrapados en una telaraña de autocompasión. No nos gusta que se nos diga que sale a flote esta emoción, y rápidamente tratamos de argumentar que estamos experimentando una emoción distinta a esa tremenda sensación de "pobre de mí". O podemos también, en un segundo, encontrar una docena de razones perfectamente legítimas para sentirnos algo tristes por nosotros mismos.
Mucho tiempo después de habernos desintoxicado pende sobre nosotros el sentimiento tan conocido del sufrimiento. La autocompasión es una arena movediza. El hundirnos en ella requiere mucho menos esfuerzo que la esperanza, la fe, o el simple movimiento.
Los alcohólicos no tenemos este monopolio. Cualquier persona que pueda recordar un dolor o enfermedad durante la niñez puede probablemente recordar también el alivio de lamentarnos por lo mal que nos sentíamos, y la casi perversa satisfacción de rechazar toda clase de consuelo. Casi todos los seres humanos, pueden simpatizar profundamente con el clamor infantil de "¡Déjenme solo!".
Una de las formas que toma la autocompasión en nosotros cuando dejamos de beber es: "¡Pobre de mí! ¿Por qué no puedo yo beber como todos los demás? ¿Por qué me tuvo que haber sucedido esto a mí? ¿Por qué tengo yo que ser un alcohólico? ¿Por qué yo?.
Ese pensamiento es el gran tiquete de entrada a un bar, pero no es más. El llorar sobre una pregunta sin respuesta es como lamentarnos por haber nacido en esta era, y no en otra, o en este planeta, en vez de haber nacido en una remota galaxia.
Por supuesto, descubrimos que no se trata únicamente del "mí", cuando empezamos a encontrar alcohólicos recuperados en todo el mundo.
Posteriormente, nos damos cuenta de que hemos empezado a vivir en paz con esa pregunta. Cuando llegamos realmente a acertar en una recuperación agradable, o bien encontramos la respuesta o simplemente perdemos interés en la investigación. Usted reconocerá este evento cuando le suceda. Muchos de nosotros creemos haber encontrado las razones poderosas que nos llevaron al alcoholismo. Pero aun en el caso contrario, continúa la necesidad mucho más importante de aceptar el hecho de que no podemos beber, y actuar en consecuencia. No es realmente una acción muy efectiva la de sentarnos en nuestra propia laguna de lágrimas.
Algunas personas muestran un celo especial para rociar sal sobre sus propias heridas. A menudo sobrevive en nosotros una feroz eficiencia en ese juego inútil que proviene de nuestros días de bebedores.
También podemos desplegar una extraña capacidad para convertir una pequeña molestia en todo un universo de lamentos. Cuando el correo nos trae la cuenta del teléfono, nos sentimos abrumados por nuestras deudas, y declaramos formalmente que nunca podremos terminar de pagar. Cuando se nos quema un asado, lo consideramos como una prueba de que nunca podremos hacer algo a derechas. Cuando llega el auto nuevo, decimos confidencialmente, "Con la suerte que yo tengo, algo me va a suceder".
Es como si lleváramos a nuestras espaldas un morral lleno de recuerdo desagradables, tales como heridas y rechazos de nuestra niñez. Veinte, o cuarenta años después, ocurre un acontecimiento de menor importancia comparable a uno de aquellos que tenemos guardados en la bolsa. Esa es la ocasión en que nos sentamos, destapamos la bolsa, y empezamos a sacar de ella con todo cuidado, aquellas heridas y rechazos del pasado. Con un recuerdo emocional total, volvemos a vivir cada uno de esas frustraciones vívidamente, ruborizándonos de vergüenza por las timideces de nuestra niñez, mordiéndonos la lengua por las ideas antiguas, repasando las antiguas disputas, temblando con temores casi olvidados, y tal vez llorando de nuevo por un fracaso amoroso de nuestra juventud.
Esos son casos extremos de autocompasión genuina, pero no son difíciles de reconocer para aquellas personas que alguna vez han tenido, visto o deseado esa sensación lacrimosa. Su esencia es la autoabsorción total. Podemos llegar a sentirnos tan estridentemente preocupados por nosotros mismos que perdemos el contacto con todos los demás. No es muy fácil congeniar con alguien que actúe en esa forma, excepto un niño enfermo. Por eso cuando nos sentimos en esa situación de "pobrecito yo", tratamos de esconderla, particularmente de nosotros mismos, pero no existe forma de librarnos de ella.
Por el contrario, necesitamos arrojar de nosotros esa absorción, ponernos de pie, y dar una mirada sincera a nuestro proceder. Tan pronto como conocemos la autocompasión, podemos empezar a hacer algo acerca de ella, algo diferente de beber.
Los amigos pueden sernos de mucha ayuda si son lo suficientemente íntimos como para poder hablarles francamente. Ellos pueden escuchar las notas falsas de nuestro canto de lamentos y decírnoslo así. O probablemente nosotros mismos podemos escucharlas; y empezamos a poner en orden nuestros sentimientos por el simple expediente de expresarlos en voz alta.
Otra arma excelente es el humor. Algunas de las más resonantes carcajadas en las reuniones de A.A. se escucharan cuando un miembro describe su última orgía de autocompasión, y los asistentes nos vemos a nosotros mismos en ese espejo de diversión. Allí nos vemos hombres y mujeres adultos envueltos en el pañal emocional de un bebé. Puede ser un choque, pero la carcajada compartida ahuyenta muchos de los dolores, y el efecto final es muy saludable.
Cuando observamos la iniciación de nuestra autocompasión, podemos también tomar una acción contra ella con un libro de inventario instantáneo. Por cada anotación de miseria en la columna del debe, podemos anotar una bendición en la columna de haber. La salud de que gozamos, la enfermedad que no tenemos, los amigos que hemos amado, el clima soleado, la buena comida que nos espera, el gozar de todas nuestras facultades, el cariño que se nos proporciona, la amabilidad que recibimos, las 24 horas de sobriedad, el trabajo de una hora, el buen libro que estamos leyendo, y muchas otras causas de satisfacción que pueden totalizarse para contrarrestar el débito que causa la autocompasión.
También podemos usar el mismo método para combatir las depresiones de los días festivos, que no suceden únicamente a los alcohólicos. Navidad, año nuevo, cumpleaños y aniversarios arrojan a muchas personas dentro de las marañas de la autocompasión. En A.A. podemos aprender a reconocer esa
antigua inclinación para concentrarnos en la tristeza nostálgica, o mantener en circulación una letanía de lo que hemos perdido, de la gente que nos desprecia, y de lo pequeños que nos sentimos al compararnos con los ricos y los poderosos. Para contrarrestar esto, añadimos al otro lado del libro mayor nuestra gratitud por la salud, por las personas amadas que nos rodean, por nuestra habilidad para dar amor, ahora que vivimos en la sobriedad. Y nuevamente, el balance mostrará utilidades.
 
23. BUSCAR AYUDA PROFESIONAL
 
 
Probablemente todos los alcohólicos recuperados han necesitado y buscado ayuda profesional del tipo que A.A. no suministra. Por ejemplo, los dos primeros miembros de A.A., sus co-fundadores, necesitaron y recibieron la ayuda de médicos, hospitales y clérigos.
Tan pronto como empezamos a mantenernos sobrios, muchos de nuestros problemas parecen desvanecerse. Pero quedan o afloran ciertos asuntos que requieren atención experta y profesional, como la que puede ofrecer un ortopedista, el abogado, el ginecólogo, el dentista, el dermatólogo, o el consejero psicológico.
Puesto que A.A. no suministra estos servicios, confiamos en la comunidad profesional para orientación laboral o asistencia vocacional, consejos en las relaciones domésticas, en los problemas psiquiátricos, y en muchas otras de nuestras necesidades. A.A. no presta ayuda financiera, ni da comida, vestido, o vivienda a los bebedores problema. Pero existen muchas instituciones profesionales dedicadas a ayudarle al alcohólico que está sinceramente tratando de permanecer abstemio.
La necesidad de una mano que nos ayude no es un signo de debilidad ni causa de vergüenza. Es ridículo el "orgullo" que hace que uno se abstenga de recibir un empuje proveniente de un consejero profesional. No es más que vanidad, y un obstáculo para la recuperación. Mientras más maduro se va uno volviendo, más propicio se muestra para utilizar el mejor consejo y ayuda de que pueda disponer.
Al examinar "casos reales" de alcohólicos recuperados, podemos ver claramente que todos nosotros hemos aprovechado, en una u otra ocasión, los servicios especializados de psiquiatras, médicos, enfermeras, consejeros, trabajadores sociales, abogados, clérigos y otros profesionales. El texto básico de A.A., "Alcohólicos Anónimos", recomienda específicamente buscar ese
tipo de ayuda. Afortunadamente, no hemos encontrado conflicto entre las ideas de A.A. y el consejo bien orientado de un profesional que tenga conocimientos claros acerca del alcoholismo.
No podemos negar que hay muchos alcohólicos que han tenido experiencias infortunadas con algunos hombres y mujeres profesionales. Pero los no alcohólicos, también han tenido tales experiencias. No existe el médico, pastor, o abogado, absolutamente perfecto, que nunca haya cometido un error. Y mientras haya gente enferma en el mundo, es muy probable que nunca llegue la época en que al tratar con la enfermedad no se cometan errores.
Para ser justos, tenemos que confesar que los bebedores problema no somos exactamente la gente más fácil de ayudar. Frecuentemente mentimos. Desobedecemos las instrucciones. Y cuando recobramos la salud, criticamos al médico por no reconstruir más rápidamente el daño que nosotros nos hicimos a lo largo de muchos meses, o años destructivos. No todos nosotros pagábamos nuestras cuentas oportunamente. Y, una y otra vez, tratamos de sabotear la buena atención y el consejo, para que la persona profesional se sintiera "equivocada". Esas eran ganancias pírricas, porque al final quienes sufrían las consecuencias éramos nosotros.
Algunos de nosotros nos damos cuenta ahora de que nuestra conducta hacía más difícil obtener el buen consejo o cuidado que realmente necesitábamos. Una forma de explicar esa conducta contradictoria es afirmar que era dictada por nuestra enfermedad. El alcohol es engañoso e insidioso. A quien se encuentra bajo el dominio de sus cadenas puede obligarlo a portarse en una forma autodestructiva, contra su mejor juicio y contra sus verdaderos deseos. Nosotros no tratamos voluntariamente de hacernos daño en nuestra salud; nuestra adicción al alcohol lograba protegerse a sí misma contra los efectos bienhechores de los agentes de la salud.
Si ahora nos vemos a nosotros mismos abstemios pero todavía tratando de desorientar a los profesionales realmente expertos, puede ser una señal de alarma. Porque puede significar que el alcoholismo activo está nuevamente tratando de deslizarse dentro de nosotros.
en algunos casos, las diversas opiniones y recomendaciones que se obtienen de otros alcohólicos recuperados pueden hacer difícil a un recién llegado el buscar una buena ayuda profesional. Así como cada persona tiene un remedio favorito para la gripe, casi todos nosotros tenemos nuestros médicos favoritos como también profesionales que nos caen particularmente mal.
Naturalmente, es muy conveniente extraer la experiencia acumulada de los alcohólicos que ya se encuentran en un proceso definido de recuperación. Pero lo que funciona bien para los demás no necesariamente deberá funcionar para usted. Cada uno de nosotros tiene que aceptar la responsabilidad final de su propia acción o inacción. Es algo que compete a cada individuo.
Después de que usted haya considerado las diversas posibilidades, consultado con amigos, y examinado las ventajas y desventajas, la decisión de obtener y utilizar la ayuda profesional es enteramente suya. El tomar o no tomar Antabuse, el someterse a la psicoterapia, el volver al colegio o cambiar su trabajo, hacerse una operación, someterse a dieta, dejar de fumar, aceptar o rechazar el consejo de su abogado acerca de los impuestos, todas estas son decisiones que usted mismo tiene que tomar. Le respetamos el derecho de tomarlas, y de cambiar su mente cuando las circunstancias lo hagan necesario.
Naturalmente, no todos los médicos o psicólogos, o expertos científicos están totalmente de acuerdo con todo lo que afirmamos en este folleto. Eso es perfectamente comprensible. Ellos no tienen la experiencia personal que hemos tenido nosotros con el alcoholismo, y muy pocos de ellos han conocido a tantos bebedores problema durante tanto tiempo como nosotros mismos. Por otro lado, nosotros no tenemos la educación profesional ni la disciplina con que ellos se prepararon para el cumplimiento de su actividad.
Esto no quiere decir que nosotros estemos equivocados y ellos en lo cierto, o viceversa. Nosotros y ellos tenemos papeles enteramente distintos y responsabilidades diferentes al tratar de ayudar a los bebedores problema.
Pueda ser que usted tenga la misma fortuna en estos aspectos que hemos tenido muchos de nosotros. Millares de nuestros miembros se encuentran profundamente agradecidos del incontable número de hombres y mujeres profesionales que han tratado de ayudarles.
 
24. EVITAR LOS ENREDOS EMOCIONALES
 
 
Son historia antigua los romances entre los pacientes y sus médicos o enfermeras o entre los pacientes entre sí. Los alcohólicos en recuperación son susceptibles a la misma fiebre. De hecho, el alcoholismo no parece proporcionar inmunidad para las debilidades humanas conocidas.
La tristeza nace en el corazón impetuoso, dice el antiguo refrán. Y otros problemas incluyendo el ataque alcohólico, también nacen en el mismo barbecho.
Durante nuestros días de botellas, vasos, y copas, muchos de nosotros gastamos una considerable cantidad de tiempo preocupándonos acerca de los lazos personales íntimos. Ya fuese que deseáramos compañía ocasional o relaciones a largo alcance, frecuentemente nos preocupábamos por los profundos compromisos (o falta de compromisos) con las demás personas.
Muchos de nosotros echábamos la culpa de nuestra bebida a la falta de afectos, y nos veíamos constantemente en búsqueda de amor, al mismo tiempo que bebíamos incansablemente en esa búsqueda intensa. Otros de nosotros gozaban aparentemente de todas las ataduras emocionales que necesitaban o deseaban, pero de todas maneras seguían bebiendo. En una u otra forma, el alcohol no logró hacer madurar la comprensión del amor, ni incrementó nuestra capacidad para recibirlo y manejarlo en caso de que se nos presentase. Por el contrario, nuestras vidas alcohólicas hacían que nuestro ego emocional estuviese permanentemente deformado, deteriorado, torcido, cuando no enteramente desviado.
Por eso, según lo demuestra nuestra experiencia, los primeros días de abstención son muy propicios para que se nos presenten períodos de gran vulnerabilidad emocional. ¿Será esta condición un efecto farmacológico ulterior a la bebida? O es un estado natural en cualquier persona que desee recuperarse de una larga ya tremenda enfermedad? ¿O indica una falla enorme en la personalidad? La respuesta no tienen mayor importancia al principio. Cualquiera que sea la causa, la condición es lo que realmente hay que vigilar, porque nos puede llevar a beber más rápidamente de lo que el ojo, el cerebro o el corazón puedan darse cuenta.
Hemos visto que ese tipo de recaídas sucede en formas diversas. Con el gran alivio y satisfacción de sentirnos bien en los principios de una recuperación, podemos "enamorarnos" de la gente nueva que conocemos, tanto en A.A. como fuera de ella, especialmente cuando muestran un sincero interés por nosotros, o parecen mirarnos con admiración. El estado de excitación que esto nos produce puede hacernos altamente susceptibles a un trago.
También puede presentarse el caso opuesto emocionalmente. Podemos parecer tan idiotizados que somos casi inmunes al afecto durante un tiempo después de haber suspendido la bebida. (Algunos expertos nos dicen que es muy común que las personas no tengan interés o mayor capacidad para el sexo durante muchos meses después de haber dejado de beber, pero ese problema se va solucionando por sí mismo en forma maravillosa a medida que va retornando la salud. ¡Nosotros lo sabemos por experiencia!). Mientras no logramos asegurarnos de que ese entumecimiento nos pasará, el volver a la bebida nos parece un atractivo "remedio", que conduce a situaciones aún peores.
Nuestra débil condición emocional afecta también nuestros sentimientos hacia los viejos amigos y familiares. Para muchos de nosotros, estas relaciones parecen mejorarse rápidamente a medida que vamos adquiriendo la recuperación. Para otros, se presenta un período de irritación en el hogar; ahora que estamos sobrios, tenemos que definir cuáles son nuestros sentimientos reales acerca de la esposa, los hijos, vecinos, parientes, amigos, para reexaminar nuestra conducta con ellos. También hay que dedicar atención a los compañeros de trabajo, clientes, subalternos y jefes.
(Frecuentemente, nuestra forma de beber ha causado un severo impacto emocional en aquellas personas próximas a nosotros, y ellas también pueden necesitar ayuda para recuperase. En ese caso son muy útiles los grupos familiares de Al-Anon y Alateen, cuyos teléfonos pueden encontrarse en el directorio local; aunque estas comunidades no está conectadas oficialmente con A.A., son muy similares, y ayudan a los parientes y amigos no alcohólicos a vivir más confortablemente con el conocimiento de nuestra enfermedad y nuestra situación).
A través de los años, hemos llegado a convencernos de que no debiéramos tomar decisiones importantes al comienzo de nuestra recuperación, a menos que sea imposible retardarlas. Esta precaución se aplica particularmente a las decisiones que debemos tomar acerca de otras personas, y decisiones que puedan tener alto potencial emocional. Esas primeras e inciertas semanas de abstención no son la época adecuada para precipitarnos a efectuar cambios drásticos en nuestra vida.
Otra precaución: el hacer depender la sobriedad de alguien con quien nos sentimos emocionalmente atados puede ser sumamente desastroso. Decir, "Yo voy a estar abstemio si fulano de tal hace esto o hace aquello" establece una condición nociva para nuestra recuperación. Tenemos que permanecer sobrios a causa de nosotros mismos, sin que nos importe lo que haga o deje de hacer cualquiera otra persona.
Debiéramos recordar, también, que el odio o desagrado interno contra alguien es un enredo emocional, que frecuentemente se presenta como el inverso de un amor pasado. Necesitamos calmar ese tipo de sentimiento, o de lo contrario nos volverá a llevar a la bebida.
Es muy fácil considerarse uno mismo como excepción a esta regla. Cuando ingresa al período de recuperación, usted podrá sinceramente creer que ha encontrado pro fin el amor real, o que su actitud de odio o disgusto actual, persistente aún dentro de su sobriedad, significa que siempre hubo algo fundamentalmente equivocado en esa relación. En cualquier caso, usted podrá tener la razón, pero por ahora, es conveniente esperar a ver si su actitud puede eventualmente cambiar.
Una y otra vez, hemos visto cambiar dramáticamente estos sentimientos en lapsos muy cortos de sobriedad. Por eso, utilizando el proverbio "Lo Primero Primero", hemos hallado la conveniencia de concentrarnos primero únicamente en la abstención, y evitar simultáneamente los enredos emocionales que puedan ser peligrosos.
Los nexos inmaduros o prematuros son también amenazas para la recuperación. Sólo cuando hemos tenido tiempo de madurar algo más de lo que puede proporcionar la mera abstención, nos encontramos debidamente equipados para relacionarnos en forma madura con otras personas.
Cuando nuestra sobriedad tiene una base lo suficientemente firma como para soportar la tensión, podemos sentirnos listos para trabajar y fortalecer otros aspectos de nuestras vidas.
 
25. SALIRSE DE LA TRAMPA DEL SUBJUNTIVO
 
 
Los enredos emocionales con las demás personas no son la única fuente de peligros para que nuestra sobriedad se vea dependiente de factores extraños. Algunos de nosotros tenemos la tendencia a poner condiciones a nuestra sobriedad, sin siquiera darnos cuenta.
Uno de nuestros miembros dice, "Nosotros los borrachos * somos gente muy subjuntiva. Durante nuestros días de bebedores, estábamos tan llenos de cosas condicionales, como de alcohol. Una gran cantidad de nuestros sueños empezaban con la frase, 'Si sucediera esto, si sucediera lo otro'. Y nos decíamos continuamente a nosotros mismos que no tendríamos por qué emborracharnos si esto o lo otro no hubiera sucedido, o que no tendríamos ningún problema con la bebida si . . ."
Todos hemos continuado la frase con nuestras propias explicaciones (¿o excusas?) para nuestro alcoholismo. Cada uno de nosotros pensaba: Yo no estaría bebiendo en esta forma si . . .
Si no fuera por mi esposa (o esposo) . . . si tuviera un poco más de dinero y menos deudas . . . si no fuera por todos estos problemas de familia . . . si yo no estuviera bajo tantas presiones . . . si tuviera un mejor lugar para
vivir . . . si tuviera un mejor trabajo . . . si la gente me entendiera . . . si la situación del mundo no fuera tan caótica . . . si los seres humanos fueran más amables, más considerado, más honestos . . . si los demás no creyeran que yo bebo tanto . . . si no fuera por esta guerra (cualquier guerra) . . . etc., etc.
Mirando retrospectivamente esta forma de pensar y la conducta resultante, vemos ahora que estábamos dejando que unas circunstancias totalmente ajenas a nosotros mismos nos gobernaran la vida. Cuando suspendimos la bebida, una gran cantidad de esas circunstancias se colocaron en su lugar apropiado en nuestras mentes. A un nivel personal, muchas de ellas se aclaran tan pronto empezamos la recuperación, y vemos las soluciones que podemos trabajar para desvanecer esas otras algún día. Entre tanto, nuestra vida es mucho mejor en sobriedad, no importa la situación en que nos encontremos.
Pero después de algún tiempo de abstención, se presenta para algunos de nosotros una ocasión en la cual nos golpea en el rostro un nuevo descubrimiento. Ese "subjuntivo" que utilizábamos habitualmente en nuestros días de alcoholismo activo, se ha adherido a nuestra abstención, aunque nosotros no lo veamos así. Inconscientemente, estamos colocando condiciones a nuestra abstención. Hemos empezado a verificar que la sobriedad es una buena cosa, si todo va bien, y si nada nos sale mal.
En efecto, empezamos a ignorar la naturaleza bioquímica o inmutable de nuestra enfermedad. El alcoholismo no respeta esos subjuntivos. No se nos desaparece, ni por una semana, ni por un día, ni por una hora, dejándonos no alcohólicos y capacitados para beber nuevamente en alguna ocasión especial o por alguna razón extraordinaria, ni siquiera si se trata de una celebración que sólo acontece una vez en la vida, ni si nos golpea una gran calamidad, o si llueve en España o caen las estrellas en el África. El alcoholismo no tiene condiciones para nosotros, y no podemos hacerle concesiones a ningún precio.
Puede llevarnos algún tiempo el adquirir ese conocimiento hasta la médula de nuestros huesos. Y en muchas ocasiones nosotros mismos no reconocemos las condiciones que hemos adherido inconscientemente a nuestra recuperación hasta cuando algo nos sale mal a pesar de nuestra buena voluntad. Entonces, ¡bumb!, ahí está. No habíamos contado con esta circunstancia.
El deseo de un trago es natural a la luz de un fracaso desalentador. Si no conseguimos el ascenso, la promoción, o el trabajo con el cual estábamos contando, si nuestra vida amorosa empieza a dificultarse, o si alguien nos trata mal, entonces nos daremos cuenta de que todo el tiempo hemos estado confiando en las circunstancias para ayudarnos a mantenernos sobrios.
En alguna parte de las convulsiones de nuestras células cerebrales, hemos mantenido una pequeña reserva como condición para nuestra sobriedad. Esa reserva estaba dispuesta a saltar en el momento menos pensado. Por eso empezamos a pensar, "Sí, la sobriedad es una gran cosa, y yo intento mantenerla". Pero nos escuchamos el murmullo de la reserva escondida que nos dice: "Tratarás de mantenerla, si todo sale perfectamente".
No podemos permitirnos el lujo de esos seis condicionales. Tenemos que mantenernos sobrios no importa cómo nos trate la vida, no importa si los no alcohólicos aprecian nuestra sobriedad o no. Tenemos que mantener nuestra abstención independientemente de todo lo demás, sin complicar nuestros sentimientos con otras personas, y sin que dependa de condiciones o situaciones posibles o imposibles.
Una y otra vez, hemos visto que no podemos permanecer abstemios únicamente por causa de la esposa, el marido, los hijos, los familiares, parientes, amigos, o por mantener un trabajo, o por agradar a un jefe, un médico, un juez o un acreedor. Por nadie distinto de nosotros mismos.
El amarrar nuestra abstención a alguna persona (aunque sea otro alcohólico recuperado) o a alguna circunstancia distinta, no sólo es insensato sino muy peligroso. cuando empezamos a pensar, "Yo voy a estar abstemio si . . ." o "No voy a beber porque . . ." (Coloque en este espacio cualquier circunstancia distinta de su propio deseo de recuperación), inadvertidamente estamos poniéndonos en situación de beber cuando cambie esa persona, condición o circunstancia. Y cualquiera de ellas puede cambiar en cualquier momento.
Nuestra sobriedad independiente, sin afiliarse a ninguna cosa o persona distinta, puede crecer y volverse lo suficientemente fuerte para capacitarnos para afrontar todo y a todos. Y, como usted mismo lo comprobará, empezamos a apreciar ese sentimiento también.
 
   
 
Este sitio web fue creado de forma gratuita con PaginaWebGratis.es. ¿Quieres también tu sitio web propio?
Registrarse gratis