LITERATURA DE AA
  CUARTA PARTE
 
 
VIVIENDO SOBRIO - CUARTA PARTE
 
16. SER INDULGENTE CONSIGO MISMO
 
 
Cuando una persona amada o apreciada por nosotros se está recuperando de una seria enfermedad, tratamos generalmente de proporcionarle lo que las buenas enfermeras llaman C.T.A. (Cuidado, ternura y amor). Nosotros mimamos al niño enfermo, dándole sus comidas favoritas y tratando de divertirlo para ayudarle en su recuperación.
La convalecencia de la enfermedad del alcoholismo activo requiera algún tiempo, y cualquier persona que se encuentre en esa situación merece consideración y una buena dosis de C.T.A.
Antiguamente, la gente tenía la creencia de que los convalecientes de algunas enfermedades merecían el sufrimiento, puesto que se creía que habían adquirido esa enfermedad en forma deliberada y egoísta.
A causa del estigma y el rechazo que todavía tiene el alcoholismo en medio de gentes ignorantes de la naturaleza de la enfermedad (entre las cuales nos incluíamos antes de aprender la verdad), muchos de nosotros no éramos lo suficientemente amables con nosotros mismos cuando
teníamos las angustias de la resaca. Sufríamos y pensábamos que estábamos "pagando los platos rotos" como penalidad necesaria por nuestras malas acciones.
Ahora que sabemos que el alcoholismo no es una conducta inmoral, hemos encontrado que es necesario reajustar nuestras actitudes. Hemos aprendido que una de las personas con menor disposición para tratar al alcohólico como enfermo es, aunque nos parezca sorprendente, el propio alcohólico. Nuevamente, nuestros antiguos hábitos de pensamiento salen en nuestro perjuicio.
Se dice frecuentemente que los bebedores problema somos perfeccionistas, impacientes con toda clase de defectos, especialmente los propios. al mismo tiempo que forjamos metas imposibles de alcanzar, luchamos fieramente para alcanzar esos ideales inalcanzables.
Entonces, puesto que ningún ser humano puede posiblemente mantener los parámetros tan sumamente altos que nosotros nos fijamos, nos vemos a nosotros mismos inferiores a nuestro destino, tal como debe sentirse cualquier persona cuyos ideales están por fuera de la realidad. Por eso se nos presenta el desánimo y la depresión. Airadamente nos castigamos a nosotros mismos por ser menos que superperfectos.
Aquí es precisamente donde podemos expresar a ser buenos, o por lo menos justos, con nosotros mismos. Nunca pediríamos a un niño o a una persona inválida más de lo razonable. Nos parece que no tenemos derecho a esperar tales milagros de nosotros mismos como alcohólicos en recuperación.
Impacientes por aliviarnos completamente el martes, si todavía nos encontramos convalecientes el miércoles, empezamos a echarnos la culpa. Es esta buena ocasión para volver atrás mentalmente, y mirarnos en forma objetiva y explícita, hasta donde nos sea posible. ¿Qué haríamos nosotros si una persona amada o amiga se desanimara por sus escasos progresos en la recuperación, y empezara a rehusar la medicina?
Es conveniente recordar que el exceso de bebida es altamente perjudicial para el cuerpo, y produce deterioros que pueden necesitar varios meses para mejorar. Nadie se convierte en alcohólico en unas pocas semanas (o por lo menos, casi nadie). Tampoco podemos esperar recuperarnos en un instante mágico.
Cuando se nos presentan los sentimientos de desánimo, es cuando más necesitamos entusiasmarnos. Más de uno de nosotros ha encontrado un buen remedio en que nos tratemos de complacer evocando los progresos alcanzados, naturalmente sin exagerar o ser demasiado egoístas.
Hagamos inventario. ¿Nos hemos abstenido de tomar un trago en estas 24 horas? Ya eso merece que nos alegremos. ¿Hemos tratado de comer adecuadamente el día de hoy? ¿Hemos tratado de cumplir todas nuestras obligaciones? ¿Hemos hecho lo mejor que podíamos y todo lo que podíamos, el día de hoy? Si es así, eso es justo lo que podemos esperar.
Es probable que no podamos responder afirmativamente a todas estas preguntas. Tal vez nos hayamos quedado cortos en algo o resbalado un poco en nuestros pensamientos o acciones, a pesar de nuestra buena voluntad. ¿Y qué? NO somos criaturas perfectas. Debiéramos buscar pequeños progresos, en vez de lamentarnos por cualquier falta de perfección.
¿Qué podemos hacer ahora para levantarnos el ánimo? Podemos hacer algo distinto a tomar un trago. Todas las secciones de este libro hacen sugerencias en ese sentido.
Pero hay algo más, tal vez. ¿Hemos estado gozando de la vida últimamente? ¿O por el contrario, nos hemos mantenido tan preocupados por nuestro mejoramiento, manteniendo nuestra nariz tan sumamente pegada a la trencilla de nuestra recuperación, que hemos dejado de contemplar un atardecer? ¿O la luna nueva? ¿O deleitarnos con una buena comida? ¿O de tomarnos un merecido descanso? ¿O apreciar un buen chiste? ¿O gozar de algún afecto?
Puesto que el cuerpo busca normalizarse a sí mismo, tal vez el suyo agradezca las oportunidades de un necesario descanso. Goce deliciosamente las siestas perezosas, y aprecie el sueño tranquilo de una noche apacible. O tal vez usted tenga una sobreabundancia de energía que puede utilizar con propósitos de diversión y esparcimiento. Tanto como los otros aspectos de la vida, estos parecen necesarios para la realización completa de nuestro potencial humano.
Ahora es la ocasión, es el único tiempo de que disponemos. Y si no somos indulgentes con nosotros mismos en este instante, ciertamente no podemos esperar razonablemente el respeto o la consideración de las otras personas.
Hemos visto que podemos gozar en sobriedad cualquier buena ocasión que antes gozábamos bebiendo, pero ahora la gozamos mucho más. Es verdad que hace falta un poco de práctica, pero las recompensas bien merecen la pena del esfuerzo. Esta no es una actitud egoísta, sino autoprotectora. A menos que apreciemos nuestra propia recuperación, no podemos sobrevivir para convertirnos en gente altruista, ética y socialmente responsable.
 
17. VIGILAR LAS ALEGRIAS EXAGERADAS
 
 
Una gran cantidad de bebedores (alcohólicos o no) con el simple hecho de tomar una copa, cambiaran un estado de inestabilidad interna por un estado de gozo. Este método de evadir las penas para buscar el placer ha sido descrito como el "beber por escape".
Pero miles y miles de nosotros sabemos que frecuentemente ya estábamos en un estado agradable de la mente cuando cuidadosamente, muchos de nosotros podemos ver que a menudo bebíamos para intensificar un estado de ánimo que ya estaba de por sí excitado.
Esta experiencia da campo a nuestra siguiente sugerencia: Tenga especial cuidado durante los momentos de celebración o esas oportunidades en las cuales se siente extraordinariamente bien.
Cuando las cosas nos marchan perfectamente, tan sumamente bien que nos sentimos como si no fuéramos alcohólicos, tengamos cuidado. En tales ocasiones (que ocurren aun después de varios años de sobriedad), el pensamiento de una bebida puede parecer muy natural, y se desvanece temporalmente la miseria de nuestros días de alcoholismo. El tomarnos una copa empieza a parecernos menos amenazante, y empezamos a pensar que tal vez no sería fatal, o siquiera peligrosa.
Con toda seguridad, una sola copa tal vez no lo sería para una persona normal. Pero nuestra experiencia con los problemas del alcohol nos muestra que una copa supuestamente inocua y segura puede hacernos peligrar a quienes no somos tan normales. Tarde o temprano, nos podrá persuadir que una copa más tampoco nos hará daño. Y luego tal vez pensemos en un par adicionales.
El trago en ocasiones de celebración o de ceremonia parece particularmente tentador a algunos de nosotros cuando tenemos motivos válidos para alegrarnos entre parientes o amigos joviales que pueden beber tranquilamente. Ese consumo parece que ejerce sobre nosotros una presión social para que tratemos de hacer lo mismo.
Tal vez esto se deba a que el tomar un trago de etano o alcohol etílico ha sido siempre asociado en nuestra cultura con la diversión y las oportunidades alegres, así como también con algunos eventos de duelo o pesar. Las conexiones en nuestra mente pueden subsistir mucho tiempo después de haber aprendido que no tenemos necesidad de seguir bebiendo.
Sabemos ahora que hay muchas formas por medio de las cuales podemos defendernos de esta presión social para beber, tal como lo hemos descrito en la página 101. Brevemente recordemos que ninguna situación nos da la disculpa o "dispensa" de nuestro alcoholismo, la enfermedad que se ve activada tan pronto como empezamos a ingerir alcohol en cualquier ocasión, por cualquier razón, o por ninguna razón en absoluto.
Para algunos de nosotros, el impulso de tomarnos un trago agradable cuando nos estamos sintiendo particularmente bien es aún más insidioso cuando no tenemos un evento particular para celebrar, o no existe ninguna presión social para que bebamos. Nos puede ocurrir en los lugares y ocasiones más inesperados, y tal vez nunca lleguemos a entender las razones para que eso sea así.
Hemos aprendido ahora a no alarmarnos cuando llega a nuestra mente la idea de tomarnos un trago. Después de todo, es un pensamiento natural para que cualquiera lo tenga en los tiempos modernos, y especialmente es muy comprensible para nosotros que hemos tenido una práctica tan extensa en ese arte.
Pero el pensamiento de una bebida no es necesariamente lo mismo que el deseo de una bebida, y ninguno de los dos necesita sumergirnos en un océano. Ambos pueden ser apreciados simplemente como campanas de alerta para recordarnos los peligros del alcoholismo. Esos peligros son eternos, aún cuando nos sintamos tan sumamente bien como para empezar a preguntarnos si hay realmente el derecho de tener esa sensación de bienestar que a nosotros nos invade en ese momento.
 
18. "TÓMELO CON CALMA"
 
¿Ha terminado usted en este instante de leer el capítulo precedente, y rápidamente se dispone a leer este capítulo? ¿Por qué? Tal vez pueda ser de que usted necesite poner en práctica el refrán "Tómelo con calma".
Como alcohólicos, generalmente tenderíamos a apurar nuestras copas más rápidamente que las otras personas. Y muy raras veces nos sentíamos dispuestos a dejar que quedaran unas pocas gotas en el vaso de cóctel, o un pequeño residuo en la botella.
Muchos de nosotros nos hemos divertido por nuestra aparente inhabilidad, que se nos presenta aun después de muchos años de sobriedad, para dejar a medio terminar una taza de café o un vaso de soda. Frecuentemente nos vemos tragando hasta la última gota de una bebida no alcohólica, como si . . .
tal vez la mayor parte de nuestros lectores ya hayan entendido el punto: No es siempre fácil para nosotros dejar a un lado sin terminar el capítulo, o el libro que estamos leyendo. Parece que hay casi una compulsión para seguir hasta el final, en vez de tomar solamente una página o un capítulo o dos por día y el resto para otra oportunidad. No es que esta tendencia sea del todo mala. Para recuperarnos de una obsesión destructiva tal como la de beber, es muy sensato reemplazarla con una obsesión benigna, tal como la compulsión de buscar más o más conocimiento y ayuda para el problema alcohólico.
De manera que continúe leyendo, si lo prefiere. Es mucho más saludable que empezar a beber.
Pero cuando usted llegue al final de este capítulo, tal vez desee ensayar algo nuevo. Ponga a un lado este libro y revise su día. Vea cuántas veces usted hubiera podido retardar un poco el paso o tomar las cosas con un poco más de facilidad si se hubiera detenido a pensar en ello.
El refrán "Tómelo con calma" es una de las formas en que nosotros los A.A. nos recordamos uno a otro que muchos tenemos las tendencias a exagerar, de apurar las cosas, impacientes con cualquier cosa que trate de detenernos. Para nosotros es muy difícil descansar y tomarle sabor a la vida.
Cuando uno de nosotros se encuentra afanado para hacer algo o conseguir algo rápidamente, un amigo puede reconvenirlo gentilmente diciéndole. "Tómelo con calma". Luego se presenta un rayo de molestia contra el consejero. Y eso puede indicar que el consejo ha atinado en el blanco, ¿no es verdad?
Sí, sabemos que la impaciencia no está limitada en la actualidad a los alcohólicos. A medida que se acelera el proceso del cambio en nuestra civilización, más y más gente se siente presionada por el tiempo y empujada para afanarse y llegar a tiempo . . . ¿A qué? ¿Y con quién?
Esa presión no empuja a los bebedores dentro del alcoholismo, como cualquiera puede verificarlo. Solamente un pequeño porcentaje de bebedores desarrolla nuestro problema. Pero aquellos de nosotros que llegamos al alcoholismo vemos que compartimos la necesidad de aprender a descansar, adquirir un ritmo saludable, gozar de las pequeñas ganancias y aun de los placeres simples que encontramos en el camino, o sea, aprender a gozar de la jornada, en vez de correr afanosamente hacia nuestro destino. El horizonte siempre está en el mismo sitio. En ocasiones, vale la pena quedarnos quietos para observarlo, únicamente por darnos el placer de un paisaje apacible.
Algunos de nosotros encontramos repetidamente, también, que abarcamos más de lo que podemos apretar, habiéndonos cargo de muchos más compromisos que los que cualquier persona puede manejar.
Probablemente, podríamos aprender mucho acerca de esto de algunos pacientes cardíacos recuperados. Muchos de ellos se las arreglan para estar activos vigorosa y productivamente en una forma apacible que evita las prisas, las presiones innecesarias, y la esclavitud permanente del reloj.
Algunos de nosotros elaboramos rutinas para ayudarnos a mantener nuestras metas dentro de límites realistas y dentro del alcance de la posibilidad. Podemos hacer una lista de cosas que nos gustaría hacer hoy, y luego descartar deliberadamente la mitad o más de ella. Al día siguiente, otra lista.
O intencionalmente programamos algunas cosas con mucha anticipación, y nos enseñamos a dejarlas a un lado, en forma deliberada, hasta que se presente la ocasión.
Otros de nosotros vemos que las listas y los programas estrictos pueden volverse tiranos, obligándonos a concluir cada ítem, sin importarnos el tiempo y el esfuerzo. Por consiguiente eliminamos las listas durante algún tiempo. Sin tener la obligación que nos impone su dictadura, podemos aprender a movernos a un paso espontáneo y pausado.
Para muchos de nosotros, el sentarnos calmadamente durante 15 ó 20 minutos antes de empezar las actividades de cada día, nos ayuda a establecer un marco mental descansado y ordenado. Algunos de nosotros usamos métodos específicos de oración o meditación que hemos encontrado y que sirven particularmente bien para este propósito. Y aun durante un día muy atafagado, nos las arreglamos para sentarnos sin que nos disturben, con los ojos cerrados, para hacer una pausa de cinco minutos, y luego volver refrescados al trabajo.
Para algunos de nosotros, es más fácil aprender a mantener un paso calmado si tenemos la ayuda de otra persona. Es probable que seamos incapaces de generar nuestra propia paz, pero a veces podemos obligarnos a sentarnos calmadamente a escuchar a un amigo que haya alcanzado algún grado de serenidad. El dedicar nuestra atención completa a una persona distinta nos ayuda a restaurar nuestro equilibrio y nos da una nueva perspectiva sobre nuestras propias vidas, de manera tal que podamos ver que no tenemos la obligación de mantenernos a las carreras.
Para algunas personas son sumamente benéficas las sesiones más formales e institucionalizadas en que se busca la paz en compañía de otros (tales como los servicios religiosos, los retiros espirituales, y congregaciones similares).
O simplemente podemos decidir levantarnos más temprano de lo que acostumbramos, para poder hacer nuestras cosas con más tiempo y más calma. Con un poco de meditación, podemos llegar a elaborar nuestros horarios personales para que sean menos congestionados, más flexibles, y por consiguiente menos ofuscados y apretados.
Cuando nos encontramos sumamente tensos o casi histéricos, podemos preguntarnos ocasionalmente, "¿Es que soy realmente tan indispensable?" o "¿Es esta prisa realmente necesaria?". Con gran alivio vemos frecuentemente que la respuesta más honesta es ¡NO! Todos estos trucos sirven realmente a la larga, no solo para ayudarnos a sobreponer nuestro problema alcohólico y las secuelas que contiene, sino que también nos capacitan para volvernos más productivos, porque conservamos y canalizamos nuestra energía en una forma más racional. Acomodamos las prioridades en una forma más sensata. Aprendemos que muchas acciones que en algunas oportunidades considerábamos vitales pueden eliminarse si son reexaminadas cuidadosamente. El preguntarnos "¿Qué tan importante es esto?" es frecuentemente un buen ejercicio.
Naturalmente, "Tómelo con calma" no nos proporciona una licencia para la pereza o para llegar tarde a los compromisos. Existen cosas que no deben posponerse hasta mañana. Una de ellas es el dejar de beber. Pero hay muchas otras cosas que si se posponen durante estas 24 horas, cuando las afrontemos estaremos mucho mejor equipados para manejarlas.
En cierta ocasión, una alcohólica sumamente enferma y agitada llamó a la oficina de A.A. y dijo que necesitaba ayuda ¡instantáneamente! Se le preguntó si podía esperar 20 ó 30 minutos hasta cuando alguien pudiera llegar a donde ella se encontraba. "¡NO!" respondió. "Mi médico me dijo que yo necesitaba ayuda inmediatamente, y no existe un momento que perder".
Y luego continuó, "¡Y esto me lo dijo anteayer!".
Nuestro corazón se conduele inmediatamente con alguien que se encuentre en esa penosa situación. Todos sabemos muy bien como se siente esa persona. La ayuda llegó en el término de una hora, y ahora ella cuenta la historia como un ejemplo de la forma como solía ser. Es casi increíble, cuando la vemos ahora reposada pero enérgica, calmada pero alerta.
Si a usted le parece deseable una fuerte coraza interior de paz, paciencia y tranquilidad, es posible obtenerla.
Recuérdese a sí mismo de vez en cuando que tal vez la velocidad igual para este día es "Tomarlo con calma". Y este cambio puede empezar en este instante, ¿verdad?
 
19. SER AGRADECIDO
 
 
 
Una mujer miembro de A.A. recuerda que, aun durante lo más terrible de su carrera alcohólica, nunca perdió la fe. Y explica. "Yo tenía una fe firme e inquebrantable en el desastre. Cada mañana, mi primer pensamiento consciente era "¡oh, Dios mío, cuáles serán las nuevas dificultades que van a golpearme en este día!".
Cuando alguien tocaba a su puerta, ella sentía la seguridad de que era por alguna razón desagradable. Continuamente esperaba que el correo le trajese cuentas y malas noticias. Y si sonaba el teléfono, suspiraba anticipando los terribles acontecimientos que le iba a informar.
Un gasto tan tremendo de energía en las especulaciones negativas es muy conocido para muchos de nosotros; recordamos el oscuro panorama mental prevaleciente durante la etapa activa de nuestro alcoholismo. Mucha parte de eso, pudo ser simplemente un afecto farmacológico del alcohol, que es una droga depresiva. Cuando logramos que se desvanezcan las últimas moléculas de alcohol de nuestro sistema, gran parte de esa obnubilación desaparece.
Pero el hábito de pensar en forma neurótica y depresiva permanece en algunos de nosotros, hasta cuando aprendemos a descubrirlo y a desarraigarlo cuidadosamente.
No existe ninguna receta para el optimismo vacuo. No pretendemos que las dificultades no tengan sentido, ni queremos negar que todos debemos remontar algunas penalidades de vez en cuando. El dolor hiere realmente, y así también sucede con muchas otras clases de tristezas.
Sin embargo, ahora que nos sentimos libres del alcohol, tenemos mucho más control sobre nuestro pensamiento. Tenemos un campo más amplio en pensamientos, y nuestra mente ya no está empapada. Los pensamientos en los cuales preferimos gastar nuestro tiempo en un lapso cualquiera de 24 horas pueden influir fuertemente en la formación de nuestra sensación particular para ese día: brillante y saludable u opaco y desalentador.
Puesto que gran parte de nuestro pensamiento solía estar intrincadamente asociado con nuestro estilo de vida alcohólica, hemos visto que vale la pena observar estrechamente nuestros hábitos de pensamiento y buscar formas diferentes y mejores para utilizar nuestra mente.
Es probable que las ilustraciones siguientes no se ajusten exactamente a su caso, pero si los problemas son distintos tal vez las emociones podrán reconocerse por los tonos emocionales conocidos que las acompañan. Algunas están intencionalmente exageradas, para que el punto que queremos tratar se aclare en forma inequívoca. Otras pueden, a primera vista, aparecer triviales. Muchos de nosotros hemos visto que los cambios sutiles y pequeños son un magnífico punto de arranque para lograr la recuperación fuerte y substancial.
Cuando nuestra hijita empieza a dar sus primeros pasos y se cae, golpeándose la frente y armando un berrinche, es muy simple verificar si está seriamente herida o simplemente asustada. Entonces podemos tener la alternativa de gritar histéricamente porque la chiquilla se hirió o asustó, y empezar a preocuparnos por todo lo que pudo haber sucedido; o por el contrario podemos también mantener nuestra sangre fría y tratar de consolarla, dando gracias de que no haya ocurrido una lesión grave.
Cuando nuestro abuelo de 90 años de edad, fallece después de una larga y penosa enfermedad, tenemos otra alternativa. Podemos insistir en que lo único por hacer es rabiar en nuestra tristeza y maldecir por lo sorpresivo de ese desarrollo, o tragar nuestro sentimiento de culpa, y tal vez empezar a beber por ese motivo. O podemos también, además de ponernos tristes, recordar que él tuvo una vida larga, y probablemente buena y satisfactoria; que tratamos de hacer por él lo mejor que podíamos para manifestarle continuamente nuestro cariño; y que sufrimiento e infelicidad ya dejaron de actuar. Es muy dudoso que él agradeciera nuestra utilización de su muerte como excusa para emborracharnos y poner en peligro nuestra salud.
Cuando finalmente logramos un lugar con el cual hemos soñado mucho tiempo, podemos concentrarnos en los inconvenientes que ofrece nuestro alojamiento, la dureza del clima, el que ya no podamos gozar tanto como antes, o lamentar el hecho de que solamente podemos disponer de unos pocos días o semanas. O por el contrario podemos sentirnos agradecidos por haber podido ir finalmente a ese lugar, y establecer mentalmente una lista de los placeres sanos que podemos encontrar si los buscamos.
Debemos también vigilar nuestra tendencia a decir, "Sí, pero . . ." en respuesta a cualquier afirmación optimista, positiva, o de felicitación. La buena suerte de un amigo o su apariencia juvenil, o
la donación que hace algún personaje a una institución de beneficencia pueden tentarnos a decir amargamente, "Sí, pero . . ." Pero . . . ¿es que esta forma de pensar le ayuda a alguien, incluyéndonos nosotros mismos? ¿Es que no podemos dejar simplemente que sucedan las cosas buenas? ¿Es que no podemos sentirnos agradados por ello, en vez de tratar de degradarlas?
Aquellas personas que tratan de dejar el cigarrillo se dan cuenta de que existen dos posibilidades: la primera, refunfuñar continuamente acerca de lo difícil que es, "En esta ocasión, no podrá hacerlo" o "ahí está, otra vez volví a encender otro cigarrillo"; o segundo, tratar de gozar la maravilla de una respiración libre de humo, alegrarnos de que hemos logrado hacer pasar otra hora sin fumar y, aun cuando inconscientemente volvamos a encender un cigarrillo, congratularnos por haber podido apagarlo antes de terminarlo totalmente.
Si alguno de nosotros se gana $ 500 en una lotería que tiene $ 50.000 de premio mayor, es muy fácil señalar cuál debe ser la actitud sensata. Seguramente es no amargarnos por no haber alcanzado el premio mayor.
Continuamente se nos presentan oportunidades para tomar alternativas similares a las consideradas, y nuestra experiencia nos convence que el sentir gratitud es mucho más confortable, y hace que la abstención sea mucho más fácil. El descubrimiento de que no es difícil desarrollar el hábito de la gratitud si hacemos el esfuerzo se nos presentará como una grata sorpresa.
Muchos de nosotros fuimos reacios a ensayar este sistema. Pero los resultados hablaron por sí mismos, y esto tenemos que admitirlo. Al principio tendremos que aprender a mordernos la lengua para no expresar el comentario cínico. Tendremos que tragar dos veces antes de que se nos escape una anotación positiva pero irónica de las que tanto utilizábamos durante nuestra vida de alcohólicos activos. Pero poco a poco se va volviendo más fácil, y puede convertirse en una fuerza poderosa y confortable dentro de nuestro proceso de recuperación. La vida está hecha para gozarse, y nosotros queremos aprender a gozarla.
Haciendo memoria de las épocas en nuestro período de bebedores, hemos recordado otra manifestación de negativismo, pero que también es del tipo de conducta que muchos han aprendido a cambiar; ese cambio en nuestras acciones ha traído también actitudes positivas y el mejoramiento de nuestros sentimientos.
Por alguna razón, gastamos una cantidad de tiempo pensando o haciendo notar, o hablando de lo equivocadas o lo incorrectas que eran persistentemente las otras personas. Para algunas, este
cambio empieza con la tentativa voluntaria de esperar, y aceptar durante un momento la hipótesis de que posiblemente la otra persona pueda estar en lo cierto. Antes de apresurarnos a juzgar, suspendemos nuestra propia argumentación, escuchamos cuidadosamente, y tratamos de llegar a un resultado justo.
Puede que sí, puede que no, estemos equivocados. Esto no es lo importante aquí. Cualquiera que sea el resultado, temporalmente por lo menos nos hemos liberado de nuestra urgencia alcohólica de tener siempre la razón. Hemos visto que un sincero "Yo no sé" puede ser rejuvenecedor. Es decir, "Estoy equivocado, usted tiene la razón" es muy nutritivo para nuestras mentes cuando nos sentimos suficientemente en paz con nosotros mismos como para no sentirnos molestos por estar equivocados. Hemos llegado al punto de sentirnos tranquilos y agradecidos por poder abrir nuestras mentes a nuevas ideas. Los más fervientes científicos siempre están alertas para aceptar los nuevos hechos que puedan probar que sus teorías están equivocadas, con el objeto de poder descartar las nociones falsas y llegar un poco más cerca de la verdad que están buscando.
Cuando logramos alcanzar una actitud mental similar, vemos que nuestro negativismo instantáneo ha empezado a evaporarse. Tal vez un ejemplo pueda clarificar la relación que existe entre el deseo de tener siempre la razón (o sea el negativismo de creer que todos los demás están equivocados), y la libertad de poder estar equivocados nosotros mismos, para asimilar y utilizar las nuevas ideas y las ayudas distintas para permanecer sobrios.
Muchos de nosotros, cuando bebíamos, teníamos la absoluta seguridad de que nuestra manera de beber no era perjudicial. No necesariamente que estuviéramos pendientes de eso, pero cuando escuchábamos a un sacerdote, un psiquiatra, o un miembro de A.A. hablar sobre alcoholismo, estábamos listos para responder que nuestra forma de beber era diferente, que no necesitábamos ninguna de las sugerencias que nos hacían estas personas. Aun en el caso de que pudiéramos admitir que teníamos alguna dificultad con nuestra bebida, estábamos seguros de que podríamos resolverla por nuestra propia cuenta. Por eso cerrábamos la puerta a cualquier tipo de información o de ayuda. Y detrás de esa puerta continuaba nuestro alcoholismo con mayor fuerza.
Nuestras dificultades tuvieron que ser muy terribles, y tuvimos que empezar a sentirnos muy desesperados para que pudiéramos abrir nuestras mentes un poquito y dejar entrar alguna luz que nos pudiera ayudar.
Para millares de nosotros, uno de los más claros recuerdos que incorpora la sabiduría de "ser agradecidos" es el recordar aquello
que dijimos y pensamos originalmente acerca de Alcohólicos Anónimos cuando tocó por vez primera nuestra atención.
"Eso está bien para ellos, pero yo no estoy tan mal, de manera que eso no es para mí".
"He visto algunos antiguos miembros de A.A. que andan borrachos en las tabernas. Por lo que ellos dicen, yo puedo asegurar que eso tampoco me podrá servir a mí".
"Conocí a un tipo que se unió a A.A. se volvió un tipo rígido, fanático, aburrido e intolerante".
"Me aburre toda esa habladera acerca de Dios y tener que asistir a las reuniones. Por otra parte, yo nunca he sido gregario".
Hoy en día, la sinceridad nos obliga a admitir que hemos gastado más tiempo concentrándonos en esas opiniones negativas, y reforzando nuestras razones para beber, del que invertimos realmente investigando a A.A. con una mentalidad abierta. Esa investigación era muy poco científica. Por el contrario, fue superficial y pesimista, una búsqueda de las cosas que no nos iban a gustar.
Nosotros no hablamos con un número suficiente de miembros recuperados, ni leímos profundamente la literatura disponible sobre y acerca de A.A. Si no nos gustaron algunas cosas o personas que encontramos en A.A., inmediatamente rechazamos a toda la Comunidad para tener la excusa de que habíamos ensayado, pero no nos sirvió. (¡Esto nos recuerda al hombre que dijo que no le gustaba la lectura porque en una ocasión había leído un libro que no le había satisfecho!).
Ahora vemos claramente que hubiéramos podido actuar en otra forma. Hubiéramos podido dedicar algún tiempo a buscar las cosas que no nos gustaban en A.A., formas distintas en que pudiéramos aprovecharlo mejor, ideas y afirmaciones con las cuales pudiéramos estar de acuerdo. Hubiéramos podido sentirnos agradecidos de que A.A. reciba afectuosamente a sus visitantes, y que no les obligue a tomar decisiones inmediatas. Podríamos sentirnos agradecidos de que A.A. no tenga cuotas, ni matrículas y no exija adherencia formal a ninguna doctrina, regulación o ritual. si algunos de los A.A. nos parecieron charlatanes, había simultáneamente otros miembros sobrios, calmados y que hablaban más de acuerdo con nuestra manera de pensar. Hubiéramos podido tratar de investigar por qué hay tantos expertos y eminentes profesionales que han apoyado a esta comunidad durante tantos años. Algo de todo esto debe ser bueno.
Hemos aprendido, que en muchas ocasiones el permanecer sobrio puede depender simplemente de hacer esta elección. Podemos gastar muchas horas buscando razones para convencernos de que deseamos o necesitamos o intentamos tomarnos un trago. O por el contrario podemos invertir el mismo tiempo haciendo una lista de las razones por las cuales la bebida no es conveniente para nosotros y la abstinencia es mucho más saludable, llenándonos así de ideas, de acciones que podemos llevar a cabo en lugar de beber.
Cada uno de nosotros hace a su manera esa elección. Nos sentimos muy agradados cuando alguien escoge una decisión similar a la nuestra. Pero ya sea que usted esté interesado en A.A. o no, ofrecemos nuestros buenos deseos para cualquier persona que trate de permanecer sobria en cualquiera de las maneras posibles. Por consiguiente vivimos agradecidos de tener la libertad de hacerlo en las formas que se han descrito aquí.
 
20. RECORDAR LA ULTIMA BORRACHERA
 
 
No se trata aquí de recordar el último trago, sino la última borrachera. El término "un trago" ha despertado ecos y expectativas muy agradables en millones de personas durante muchos siglos.
Según nuestras condiciones de edad, y las circunstancias que han rodeado nuestra primera experiencia con el alcohol, tenemos diversos recuerdos y esperanzas (y en ocasiones, ansiedades) que se despiertan con la idea de una cerveza helada, un cóctel, una ginebra con tónica, un aperitivo, una copa de vino, etc., etc.
Repetidamente, en los primeros tiempos de bebida, las expectativas de muchas personas, fueron plenamente realizadas por ese trago tan ansiado. Y si esto acontecía con suficiente frecuencia, aprendimos a pensar en "un trago" como evento satisfactorio, porque impulsaba nuestra necesidad para conformarnos a una costumbre religiosa, aplacaba nuestra sed, volvía grata la ocasión social, nos descansaba, nos animaba, o nos proporcionaba la clase de satisfacción que buscábamos en él.
No es difícil para un finlandés, por ejemplo, cuando oye a alguien sugerir un trago, recordar la agradable sensación de calor que le proporcionaba un trago de vodka o de aquavit en los gélidos días de invierno de su juventud.
Una mujer joven, cuando se le mencione un trago, visualizará instantáneamente una fina copa de champaña, en medio de un ambiente sofisticado, con trajes nuevos y un galante admirador que la invitará a bailar. Otra podrá pensar en la garrafa que le brinda un barbado compañero con chaqueta de lana, mientras resuena la música de rock, titilan las luces psicodélicas dentro de un ambiente lleno de humo de olor dulce, y cuando todas las personas se encuentran en éxtasis.
Un miembro de A.A. dice que la idea de "un trago" le trae a la memoria el sabor de una pizza acompañada de una buena cerveza. Una viuda de 78 años recuerda inevitablemente el sabajón que solía tomar a la hora de acostarse.
Aunque son perfectamente naturales, esas imágenes mentales son para nosotros motivo de desorientación. Esas fueron las maneras en que algunos de nosotros empezamos a beber, y de haber continuado así toda la historia de nuestro alcoholismo, es muy probable que no se nos hubiera desarrollado un problema tan enorme.
Sin embargo, la mirada objetiva y casi temeraria a nuestro registro completo de bebedores, nos muestra que en los últimos años y meses nuestra forma de beber nunca originó esos momentos perfectos y mágicos, a pesar de lo mucho que los buscábamos.
Por el contrario, siempre terminábamos bebiendo más y más, con un resultado que siempre era problemático. Tal vez no se trataba más que de un descontento interior, la sensación desagradable de que estábamos bebiendo demasiado, pero frecuentemente teníamos disgustos conyugales, problemas de trabajo, enfermedades graves, accidentes o preocupaciones legales o financieras.
Por consiguiente, cuando nos acomete la idea de "un trago", tratamos ahora de recordar toda la serie de consecuencias que se iniciaban con ese único trago. Pensamos en la bebida a través de toda nuestra historia, que desembocó en nuestra última borrachera y nuestra última resaca desastrosa y miserable.
El amigo que nos ofrece un trago generalmente no trata de ofrecernos más que una o dos copas amigablemente. Pero si tenemos el cuidado de recordar todo el sufrimiento que nos proporcionó nuestro último episodio de bebida, no nos dejamos engañar por nuestra agradable noción de lo que "un trago" significa. La verdad fisiológica y sencilla para nosotros, en la actualidad, es que un trago con toda seguridad nos conducirá tarde o temprano a una borrachera, y eso significa más problemas.
El beber ya no significa para nosotros música, alegría y romance. Solo nos trae enfermedad y desolación.
Un miembro de A.A. lo expresa en esta forma: "Yo sé muy bien que el detenerme en un bar a tomarme un trago ya nunca más será para mí, una cuestión de algunos pocos momentos y algunas pocas monedas. A cambio de ese trago, lo que yo entrego ahora es mi cuenta bancaria, mi familia, mi hogar, mi auto, mi trabajo, mi salud, y probablemente mi vida. Es un precio demasiado alto, un riesgo demasiado grande, para cambiarlo por un trago.
Este miembro recuerda su última borrachera, no solo su último trago.
 
   
 
Este sitio web fue creado de forma gratuita con PaginaWebGratis.es. ¿Quieres también tu sitio web propio?
Registrarse gratis