|
VIVIENDO SOBRIO - TERCERA PARTE
11. CONSEGUIR UN PATROCINADOR O PADRINO
No todos los miembros de A.A. han tenido padrino. Pero miles de nosotros decimos que no estaríamos vivos de no haber sido por la amistad especial de un alcohólico recuperado durante los primeros meses y años de nuestra sobriedad.
En los primeros días de nuestra comunidad, la palabra "padrino" no estaba incluida en el léxico de A.A. Luego unos pocos hospitales en Akron, Ohio, y Nueva York empezaron a aceptar alcohólicos (bajo ese diagnóstico) como pacientes, siempre y cuando un miembro abstemio de A.A. se ofreciera para apadrinar al hombre o mujer enfermos. Este padrino llevaba el paciente al hospital, lo visitaba regularmente, se encontraba presente cuando el paciente era dado de alta, se encargaba de llevarlo a casa y orientarlo hacia una reunión de A.A. En esa reunión, el padrino lo presentaba a los demás miembros del grupo, alcohólicos que felizmente ya no estaban bebiendo. Durante los primeros meses de recuperación, este padrino permanecía disponible, listo para contestar las preguntas y escuchar cuando quiera que el paciente lo necesitara.
El apadrinamiento resultó una forma tan maravillosa de ayudar a las personas a incorporarse a A.A., que se ha convertido en una costumbre seguida en todo el universo de A.A., aún cuando la hospitalización no sea necesaria.
Frecuentemente, el padrino es la primera persona en visitar al bebedor problema que desea ayuda, o el primer alcohólico recuperado en hablar con el interesado cuando éste llega a una oficina de A.A. O puede ser también un miembro de A.A. que voluntariamente se ofrece para "apadrinar" aun alcohólico que está pronto a ser dado de alta de un centro de desintoxicación o rehabilitación, un hospital o alguna entidad correccional.
En las reuniones de A.A., la gente recomienda frecuentemente que el principiante A.A. se consiga un padrino, y se deja al arbitrio del recién llegado escoger alguno de sus compañeros, si es que lo desea como padrino.
Una de las razones por las cuales es una buena idea tener padrino, es que se consigue así una orientación amistosa durante aquellos primeros
días o semanas en los cuales A.A. parece distinto y nuevo, antes de sentir que ya se conocen los caminos que se están transitando. Además, el padrino puede dedicar mucho más tiempo a atenderlo, y darle mucha mayor atención individual que un terapeuta profesional que posiblemente se encuentra muy ocupado. Los padrinos llegan al punto de hacer visitas nocturnas a domicilio.
Si usted tiene un padrino, pueden ayudarle algunas de las siguientes sugerencias. Recuerde que están basadas en millares de experiencias de los miembros de A.A. a través de muchos años.
A. Generalmente es mejor que los hombres apadrinen a los hombres y las mujeres apadrinen a las mujeres. Esto ayuda a evitar la posibilidad del romance, que puede convertirse en un desarrollo sumamente complicado, cuando no destructivo para la relación de padrino a recién llegado. Gracias a miles de errores y ensayos, hemos descubierto que el sexo y el apadrinamiento no forman una buena mezcla.
B. Ya sea que nos guste o no lo que el padrino nos sugiere, el hecho real es que el padrino ha estado abstemio durante mucho más tiempo, sabe cuáles son las trampas que hay que evitar, y es probable que tenga razón. (Los padrinos sólo pueden hacer sugerencias; no pueden obligar a nadie a hacer algo, ni tampoco prevenir ninguna acción).
C. El padrino A.A. no es un consejero o trabajador social profesional de ninguna clase. Un padrino no es alguien que nos preste dinero o nos regale ropa, nos consiga trabajo o comida. El padrino no es un experto médico, ni está calificado para dar consejo religioso, legal, doméstico o psiquiátrico, aunque el buen padrino generalmente se muestra dispuesto a discutir sobre estos temas en forma confidencial, y puede frecuentemente sugerir dónde es factible adquirir la ayuda profesional apropiada para el caso.
El padrino es simplemente un alcohólico sobrio que puede ayudar al recién llegado a resolver solamente un problema; cómo seguir abstemio. El padrino sólo tiene una herramienta que es su experiencia personal, y no la sabiduría científica.
Los padrinos han pasado por las mismas situaciones, y frecuentemente tienen mayor preocupación, esperanza y confianza en nosotros que la que nosotros mismos hemos tenido. Y con toda seguridad han tenido una mayor experiencia. al recordar su propia condición, alargan su mano para ayudar, y no de arriba hacia abajo.
Alguien ha dicho que los alcohólicos pueden ser aquellas personas que nunca debieran tener secretos acerca de sí mismos, especialmente los que pertenecen a la clase que sufre sentimientos de culpa. El abrirnos a otras personas nos evita guardar nuestros secretos, lo cual puede ser un buen antídoto para cualquier tendencia hacia la excesiva auto-
preocupación y autoconmiseración. El buen padrino es alguien en quien podemos confiar, para desahogarnos completamente.
D. Es muy agradable tener un padrino que congenie con nosotros, que comparta nuestra experiencia e intereses en aspectos distintos a la mera sobriedad. Pero eso no es necesario. En muchos casos, el mejor padrino es alguien totalmente distinto a nosotros. En muchas ocasiones han tenido gran éxito parejas de padrinos y recién llegados que son totalmente diferentes entre sí.
E. Los padrinos, al igual que todas las personas, pueden tener obligaciones familiares y laborales. Si bien es cierto que el padrino ocasionalmente abandonará su trabajo o su hogar para ayudar a un recién llegado que se encuentra en reales dificultades, hay naturalmente ocasiones en que el padrino no puede estar disponible.
Esta es la oportunidad para que muchos de nosotros utilicemos nuestra imaginación constructiva para buscarnos un substituto. Si genuinamente deseamos ayuda, no permitimos que la enfermedad del padrino, cualquier indisponibilidad momentánea, o cualquier razón, nos detenga en ese propósito.
Podemos tratar de buscar una reunión de A.A. en nuestra cercanía. O leer alguna literatura, ya sea de A.A. o de otra fuente que creamos que nos ha de servir. Podemos también llamar telefónicamente a alcohólicos recuperados que hemos conocido, aunque no tengamos una mayor familiaridad con ellos. O sencillamente llamar por teléfono o visitar la oficina de A.A. más cercana, buscando compañía de otros miembros de A.A.
Aunque la única persona A.A. que encontremos para hablar sea alguien a quien no conocíamos previamente, tenemos la seguridad de encontrar en ella un sincero interés y deseo de ayudarnos. Cuando referimos sinceramente nuestras preocupaciones o nuestro problema, se presenta inmediatamente una sincera comprensión. En ocasiones, hemos obtenido el ánimo que necesitábamos de alcohólicos recuperados por los cuales nunca nos habíamos interesado. Y aun en el caso de que ese sentimiento sea mutuo, cuando alguien que trata de permanecer sobrio, pide la ayuda de otro alcohólico recuperado para no beber, desaparecen todas las diferencias superficiales.
F. Algunas personas creen que es una buena idea tener más de un padrino, para que siempre haya por lo menos uno disponible. Este plan tiene una ventaja adiciona, pero también lleva consigo un leve riesgo.
La ventaja es que teniendo tres o cuatro padrinos se consigue un mayor campo de experiencia y conocimiento del que pude suministrar una sola persona.
El riesgo radica en la tendencia que algunos de nosotros habíamos desarrollado durante nuestros días de bebedores activos. Para protegernos a nosotros mismos y salvaguardar de la crítica nuestra bebida, frecuentemente decíamos cosas distintas a cada persona diferente. Inclusive llegamos a aprender a manipular las personas en cierto sentido, de manera que la gente que nos rodeaba prácticamente patrocinaba o, inclusive, animaba nuestra bebida. Es probable que nunca nos hubiéramos dado cuenta de esta tendencia, y generalmente nunca lo hicimos conscientemente o de mala fe. Pero se convirtió realmente en una parte importante de nuestra personalidad durante nuestros días de alcoholismo activo.
Por ello algunos de quienes hemos tenido varios padrinos simultáneamente, nos hemos visto tratando de sacar provecho de un padrino respecto a otro, diciéndole una cosa al primero y algo totalmente distinto al segundo. Esto no siempre funciona, puesto que los padrinos son muy difíciles de engañar. Se dan cuenta muy rápidamente de los trucos de quien desea beber, puesto que ellos mismos los utilizaron en su época. Pero en ocasiones podemos mantener el juego cuando conseguimos un padrino que nos diga algo directamente opuesto a aquello que nos ha dicho otro padrino. Tal vez nos las arreglamos para extraer lo que realmente deseamos escuchar, y no lo que necesitamos. O, por lo menos, interpretamos las palabras de este padrino para que se acomoden a nuestros deseos.
Esta conducta parece más un reflejo de nuestra enfermedad que una búsqueda sincera de ayuda para nuestra recuperación. Nosotros, los recién llegados, somos los más perjudicados cuando esto sucede. Por consiguiente si tenemos un equipo de padrinos, sería una magnífica idea mantenernos vigilantes para que no nos suceda la tentación de envolvernos en ese tipo de juego que hemos descrito, en vez de luchar por el progreso hacia nuestra propia meta de recuperación.
G. Es cierto que los padrinos, alcohólicos recuperados, también tienen sus fortalezas, y debilidades especiales. El padrino, o cualquier ser humano, sin falla o debilidad no ha nacido todavía, hasta donde nosotros sepamos.
Es una rara ocurrencia, pero puede suceder, que seamos mal aconsejados o desorientados por un error del padrino. Nosotros mismos lo hemos padecido, y por ello podemos afirmar que aun con las mejores intenciones, los padrinos pueden equivocarse.
Usted probablemente ya habrá adivinado qué vamos a decir enseguida . . . Que la conducta desafortunada del padrino no es una excusa válida para tomar un trago. Todavía sigue siendo cierto que la mano que lleva la copa a nuestra boca es la nuestra.
En lugar de echarle la culpa al padrino, hay por lo menos 30 distintas maneras de permanecer alejados de esa primera copa. Esas 30 están descritas en otras tantas secciones de este folleto, por supuesto.
H. usted no tiene obligación de pagar el favor que le ha hecho su padrino al ayudarle. El o ella lo hacen porque al ayudar a otros se ayudan ellos mismos a mantener su propia sobriedad. Usted tiene la libertad de aceptar o rechazar la ayuda. Pero en caso de que la acepte, no está obligado a devolver el favor.
Los padrinos son amables o severos, no para conseguir crédito, ni tampoco porque les gusta "hacer buenas obras". Un buen padrino recibe tanta ayuda como la persona que está apadrinando. Usted mismo encontrará la verdad de esta afirmación la primera vez que sirva de padrino a alguien.
Algún día, usted sentirá el deseo de proporcionarle ayuda a otra persona, y esa es la única recompensa que usted puede otorgar.
I. Al igual que un buen padre, un padrino prudente puede dejar solo a su ahijado cuando sea necesario; puede dejarlo cometer sus propios errores, puede ver al recién llegado rechazar su consejo y no sentir por ello ira o decepción. Un padrino avisado se mantiene alerta para alejar de su tarea de apadrinamiento cualquier sentimiento de vanidad o de menosprecio.
Y los mejores padrinos se sienten realmente agradados cuando el recién llegado se manifiesta capaz de seguir su propio camino sin necesidad de que lo conduzcan de la mano. No quiere decir esto que tengamos que continuar solitarios. Pero siempre llega la ocasión en que el polluelo debe utilizar sus propias alas y establecer su propia familia. ¡Y sólo nos queda desearle entonces un feliz vuelo!
12. DESCANSAR SUFICIENTEMENTE
Las personas que beben fuertemente, generalmente no pueden darse cuenta de lo cansadas que se encuentran, y para ello hay por lo menos tres razones que son características del alcohol: (1) El alcohol contiene muchas calorías, que dan energía instantánea; (2) altera el sistema nervioso central, y por lo tanto no se puede sentir plenamente el cansancio corporal; (3) Después de que se desvanecen sus efectos anestésico, produce una agitación que se asemeja a una energía nerviosa.
Después de que dejamos de beber, el efecto de agitación puede persistir durante algún tiempo, ocasionándonos nerviosismos e insomnio generales. O por el contrario abrumarnos repentinamente con una
sensación de fatiga que nos deja exhaustos y letárgicos. O pueden presentarse estas dos condiciones alternativamente.
Ambas son reacciones normales que millares de nosotros hemos tenido en los comienzos de nuestra sobriedad, en grados variables dependientes de nuestra ingestión previa de licor y nuestro estado general de salud. Ambos, tarde o temprano, desaparecen y no tienen por qué causarnos alarma.
Pero es muy importante tratar de descansar suficientemente cuando suspendemos la bebida, porque la idea de volver a ella se nos presenta con mayor frecuencia cuando nos sentimos cansados.
Muchos de nosotros nos hemos preguntado por qué sentimos repentinamente el deseo de beber, sin ninguna razón aparente. Cuando examinamos esta situación, volvemos a encontrar que nos estamos sintiendo fatigados y no nos habíamos dado cuenta. Lo más probable es que hemos utilizado una gran energía, y no hemos descansado suficientemente. Generalmente, el comernos algún pasabocas o tomar una corta siesta pueden cambiar nuestras sensaciones completamente, y la idea de beber desaparece. Aunque no podamos llegar a dormirnos, con sólo unos minutos de reposo, bien sea acostados o sentados en una silla, logramos que nuestra fatiga se disminuya.
Es mucho mejor, por supuesto, lograr organizar en nuestras vidas un horario saludable que nos permita un período de descanso regular y suficiente cada 24 horas.
No todos, pero sí muchos de nosotros, podemos narrar historias de insomnio después de haber dejado de beber. Evidentemente, se necesita algún tiempo para que el sistema nervioso aprenda, o vuelva a aprender, el hábito del sueño regular y tranquilo sin que haya alcohol en el cuerpo. Lo peor de todo es nuestra propia preocupación acerca de ello, porque la misma preocupación nos hace aún más difícil conciliar el sueño.
El primer consejo fue tan frecuentemente la excusa que muchos de nosotros nos dimos para "necesitar uno o dos tragos", estamos totalmente de acuerdo en que una actitud totalmente nueva hacia el insomnio nos ayuda cuando tratamos de no beber. En lugar de voltearnos incesantemente en la cama, preocupándonos y maldiciendo, algunos de nosotros aceptamos la situación, nos levantamos y nos dedicamos a leer o a escribir durante esas largas horas de vigilia.
Entre tanto, es una magnífica idea revisar todos nuestros otros hábitos de salud para verificar si en alguna forma están afectando nuestra facultad de conciliar el sueño. Tal vez estemos tomando demasiado café por las tardes, o no estemos comiendo adecuadamente, o no estemos haciendo suficiente ejercicio, o el sistema digestivo no esté funcionando
normalmente. Encontrar este tipo de problemas puede tomarnos también algún tiempo.
Hay muchas fórmulas, simples y antiguas, para combatir el insomnio que realmente pueden ayudar, tales como tomar un vaso de leche caliente, respirar profundamente, o darnos un baño en tina, leer un libro pesado o escuchar música suave. Algunos prefieren trucos más exóticos. ¡Un alcohólico recuperado recomienda tomar ginger ale con pimienta! En fin, cada cual con lo suyo. Otros confían en masajes particulares, yoga, o remedios diferentes sugeridos en libros que tratan de esta materia.
Aunque no logremos conciliar el sueño inmediatamente, podemos descansar sin embargo acostándonos quietos con los ojos cerrados. Nadie puede dormir mientras camina de un lado para otro en su habitación o empieza a conversar toda la noche con una taza de café en su mano.
Si la condición persiste, puede ser aconsejable consultar un buen médico que esté enterado sobre alcoholismo.
De todas maneras, las píldoras para dormir, cualesquiera que sean, no constituyen la respuesta para los alcohólicos. Casi invariablemente conducen a la bebida, según lo demuestra nuestra experiencia repetida.
Porque sabemos muy bien qué tan peligrosas pueden ser esas píldoras, algunos de nosotros hemos tenido que soportar esta situación anormal durante algún tiempo, hasta cuando nuestros cuerpos lograron establecer una rutina saludable para el sueño. Una vez que hemos logrado superar esa dificultad temporal, cuando el ritmo natural del sueño se restablece, podemos verificar que el precio que pagamos bien valía la pena.
Puede ser útil mencionar también otra curiosidad acerca del sueño cuando dejamos de beber. Mucho tiempo después de habernos separado de la botella, entre muchos de nosotros se ha presentado el caso de despertarnos alguna mañana o noche dándonos cuenta de que acabamos de tener un sueño sumamente vívido en que nos veíamos bebiendo.
No todos nosotros tenemos esos sueños. Pero la experiencia de muchos de nosotros nos lleva a considerarlos como situaciones comunes o inocuas.
A.A. no es un programa de interpretación de los sueños, y por consiguiente no podemos decir cuál puede ser el significado oculto, si es que existe, de ese tipo de sueños, como muy bien podrían explicarlo los psicoanalistas y otros especialistas. Lo único que podemos informar es que esos sueños ocurren, y no debemos sorprendernos. Uno de los más comunes es el sueño en que uno se ve a sí mismo borracho, y horrorizado por ello, pero tiene el recuerdo de haber bebido. Hemos
llegado a despertarnos con temblores, escalofríos y otros clásicos síntomas de resaca, aunque, naturalmente, no hayamos tocado la bebida en muchos meses. No fue más que un mal sueño, y puede presentarse de improviso mucho tiempo después de haber ingerido nuestra última copa.
Probablemente, es una magnífica experiencia el que nos aterroricemos y nos sintamos desgraciados con la noción de beber, aunque sea en sueños. Tal vez esto signifique que estamos empezando realmente a adquirir la idea, en lo más profundo de nuestro ser, de que la bebida no es conveniente para nosotros. La sobriedad es mucho mejor, inclusive para soñar con ella.
La maravilla de un sueño sobrio, cuando se logra alcanzar, es uno de los grandes placeres al despertarnos, porque no tenemos resacas, ni preocupaciones acerca de lo que nos haya podido suceder en la laguna de la noche anterior. Por el contrario, significa que podemos encarar el nuevo día descansados, esperanzados y agradecidos.
13. "LO PRIMERO PRIMERO"
He aquí un antiguo refrán que tiene significado especial e importante para nosotros. Dicho en otros términos, quiere decir que sobre todas las demás preocupaciones, debemos recordar que no podemos beber. El no beber es de primera magnitud para nosotros, en cualquier parte, en cualquier lugar, y bajo cualquier circunstancia.
Este es estrictamente un asunto de supervivencia para nosotros. Hemos aprendido que el alcoholismo es una enfermedad asesina, que conduce a la muerta en un gran número de formas. Preferimos no activar esa enfermedad arriesgándonos con una bebida.
El tratamiento de nuestra condición, tal como lo ha notado la Asociación Médica Norteamericana, "involucra primordialmente el no tomar ni un solo trago". Nuestra experiencia refuerza esa receta terapéutica.
En los problemas prácticos y cotidianos, esto quiere decir que debemos tomar todas las medidas que sean necesarias, a pesar de cualquier inconveniente, para no beber.
Algunos nos han preguntado, "¿Esto quiere decir entonces que hay que colocar la sobriedad por encima de la familia, el trabajo, o la opinión de los amigos?".
Cuando observamos que el alcoholismo es un asunto de vida o muerte, la respuesta es muy sencilla. Si no salvamos nuestra salud y nuestras vidas, entonces seguramente no podremos tener familia, trabajo, ni
amigos. si apreciamos la familia, el trabajo y los amigos, ante todo debemos salvar nuestras propias vidas para poderlas gozar.
"Lo Primero Primero" es rico también en otros significados que pueden ser muy importantes para combatir el problema alcohólico. Por ejemplo, muchos de nosotros hemos notado que cuando dejamos de beber, nos pareció que tomaba demasiado tiempo el lograr tomar decisiones. Las decisiones parecían difíciles de alcanzar, ya que venían y se iban con demasiada frecuencia.
Ahora bien, la indecisión no afecta únicamente a los alcohólicos en recuperación, pero probablemente nos molestó más a nosotros que a otras personas. El ama de casa recién ingresada a los grupos no podía resolver cuál de los muchos trabajos hogareños debía ejecutar primero. El hombre de negocios no podía decidir entre hacer esas llamadas o dictar aquellas cartas, o efectuar aquel negocio. En muchos comportamientos de nuestras vidas, deseábamos afrontar y poner por obra todas las tareas y obligaciones que habíamos estado despreciando. Obviamente, no podíamos encargarnos de todas ellas simultáneamente.
Entonces fue cuando nos ayudó el refrán "Lo Primero Primero". si alguna de las alternativas que se nos presentaban involucraba el decidir entre beber y no beber, esa decisión merecía y obtenía absoluta prioridad. A menos que nos aferráramos a nuestra sobriedad, ningún negocio, ni limpieza, ni llamada telefónica, ni carta se hubiera podido llevar adelante.
Posteriormente utilizamos el mismo proverbio para organizar el tiempo de nuestra recién hallada sobriedad. Tratamos de planificar las actividades del día, ordenando nuestras tareas en orden de importancia, y nunca haciendo un horario demasiado estricto. Teníamos en mente otra cosa "primordial", nuestra salud general, porque sabíamos que si nos cansábamos demasiado o dejábamos de comer oportunamente, se nos podrían presentar dificultades.
Durante el alcoholismo activo, muchos de nosotros llevamos vidas sumamente desorganizadas, y la confusión nos hacía sentir incómodos o aun desesperados. El aprender a no beber se facilita, introduciendo algún orden dentro de nuestra rutina cotidiana, pero siendo realistas y manteniendo siempre un plan flexible. El ritmo de nuestra rutina personal tiene un efecto apaciguador, y, para organizar nuestra desorganización previa, el principio más apto es, efectivamente, "Lo Primero Primero".
14. EVITAR LA SOLEDAD
El alcoholismo ha sido descrito como "la enfermedad solitaria", y muy pocos alcohólicos recuperados discuten este punto. Mirando retrospectivamente los últimos años o meses de nuestra bebida, literalmente cientos de millares * de nosotros recordamos que nos sentíamos aislados aun cuando estuviéramos en medio de una gran cantidad de gente feliz y bulliciosa. A menudo sentíamos una profunda sensación de no pertenecer, aun cuando actuáramos en forma sociable y amistosa.
Muchos de nosotros hemos confirmado que originalmente empezamos a beber para formar "parte de la multitud". Muchos de nosotros creíamos que teníamos que beber para "incorporarnos", y para sentirnos encajados dentro del resto de la raza humana.
Es un hecho fácilmente comprobable, por supuesto, que nuestro uso principal del alcohol fue de tipo egocéntrico, esto es, que lo ingeríamos dentro de nuestros propios cuerpos, para buscar efectos dentro de nuestra propia piel. Frecuentemente, ese efecto nos ayudó momentáneamente a comportarnos en forma social, o temporalmente desvaneció nuestra soledad interna.
Pero cuando se alejaban los efectos del alcohol, nos quedaba una sensación de estar mucho más apartados, mucho más retirados y más diferentes que nunca, y mucho más tristes.
Si nos sentíamos culpables o avergonzados por nuestras borracheras o por algo que hacíamos mientras bebíamos, con mayor razón se presentaba la sensación de ser parias. Había ocasiones, en que secretamente temíamos o aun creíamos merecer el ostracismo, a causas de las acciones que habíamos hecho. Muchos de nosotros llegamos a pensar que probablemente éramos tipos anormales.
(Tal vez esta sensación es conocida por usted, si se toma el trabajo de recordar su última borrachera o su última resaca).
El camino solitario nos parecía oscuro, sinuoso e interminable. Era demasiado doloroso para hablar de ello; y para evitar su recuerdo, volvíamos a emborracharnos nuevamente.
Aunque algunos de nosotros éramos bebedores solitarios, muy difícilmente puede decirse que carecíamos completamente de compañía durante nuestros días de bebida. La gente nos rodeaba por todas partes. La veíamos, tocábamos y escuchábamos. Pero la mayoría de nuestros diálogos importantes eran totalmente internos, diálogos que manteníamos con nosotros mismos. Porque estábamos seguros que nadie más podría comprendernos. Además, considerando nuestra propia opinión acerca de nosotros mismos, no nos sentíamos seguros de querer que alguien nos comprendiera.
No hay por qué maravillarnos, entonces, de que cuando escuchamos por primera vez a los alcohólicos de los grupos de A.A. hablar libre y sinceramente acerca de ellos mismos, nos sentimos sorprendidos. Las narraciones de sus borracheras, de sus propios secretos y de su soledad, nos abrumaron como un ciclón.
Descubrimos, aunque difícilmente nos atrevíamos a pensar en eso al principio, que no estábamos solos. Después de todo, no éramos tan diferentes a los demás.
La frágil coraza de egocentrismo asustado y protector en la cual hemos vivido durante tanto tiempo se rompe con la sinceridad de otros alcohólicos recuperados. Nos damos cuenta, antes de que podamos articularlo, de que pertenecemos a alguna parte, y que la soledad rápidamente empieza a drenarse.
El alivio es una palabra muy débil para definir la sensación inicial. Está mezclado con asombro, y casi con cierto terror. ¿Es esto real? ¿Podrá perdurar?
Aquellos de nosotros que hemos estado sobrios durante algunos años, podemos asegurarle a cualquier recién llegado a una reunión de A.A. que esa sensación es real, ciertamente muy real. Y puede perdurar. No es como los otros falsos comienzos, de la clase que la mayoría de nosotros hemos experimentado frecuentemente. No es uno más de aquellos alegres principios que pronto se ven seguidos por un fracaso desalentador.
Por el contrario, a medida que se incrementa el número de personas que ahora han estado durante varias décadas en A.A., vemos ante nuestros ojos más y más pruebas contundentes de que tenemos una recuperación genuina y perdurable de la soledad del alcoholismo.
Con todo ello, el quitarnos de los hábitos de sospecha y otros mecanismos de protección que han permanecido en nosotros durante muchos años y se encuentran profundamente arraigados, no puede ser un proceso que se desarrolle de la noche a la mañana. Hemos llegado a estar tremendamente acondicionados para sentir y actuar en medio de una falta de comprensión y de amor, que bien puede ser real o no. Estamos acostumbrados a actuar como solitarios. Por consiguiente, después de que logramos dejar la bebida, algunos de nosotros podemos necesitar un poco de tiempo y de práctica para romper nuestra soledad acostumbrada. Aun cuando empecemos a creer que ya no estamos solos, en ocasiones actuamos y sentimos tal como solíamos hacerlo antiguamente.
Todavía no estamos maduros para buscar la amistad, o para aceptarla cuando se nos ofrece. No nos sentimos completamente seguros acerca de cómo hacerlo, ni siquiera en pensar si habrá de funcionar. Y esos años acumulados con su carga abundante de temor todavía pueden
influir en nosotros para retardarnos. Por consiguiente, cuando empezamos a sentirnos un poco solitarios, ya sea que estemos real y físicamente solitarios, o no, las antiguas rutinas y el llamado del alcohol pueden fácilmente atropellarnos.
De vez en cuando, algunos de nosotros nos sentimos tentados a renunciar y volver a nuestra antigua miseria. Por lo menos, es una condición que ya conocimos y no tendremos que luchar demasiado para volver a adquirir toda la práctica que habíamos alcanzado en nuestra vida de bebedores.
Hablándole a un grupo de A.A. acerca de sí mismo, un compañero dijo una vez que desde sus años juveniles hasta la década de los cuarenta el ser un borracho había constituido una ocupación de tiempo completo, y por ello había pasado de largo por la mayor parte de las cosas que los hombres aprenden generalmente a medida que van llegando a la madurez. "Entonces aquí estoy en mis cuarenta", dijo, "abstemio. Sabía cómo beber y cómo armar alborotos, pero nunca había aprendido una labor vocacional o profesional, y era totalmente ignorante respecto a los modales de comportamiento social. ¡Es terrible, yo ni siquiera sabía cómo pedirle una cita a una muchacha y qué hacer cuando me la diera! ¡Y encontré también que no hay clases de romances para solteros de 40 años que nunca han aprendido a valerse por sí mismo en este campo!".
La carcajada en la reunión de A.A. esa noche fue particularmente amable y calurosa. Había tantos que estaban en esa situación y que habían padecido la misma clase de incomodidad. Cuando sentimos esa desubicación incongruente a los cuarenta años (o siquiera a los veinte, en aquella época), podríamos pensar que éramos trágicos, casi grotescos, si no fuera por los muchos grupos llenos de comprensión de gentes A.A. que han conocido ese mismo tipo de temor, y pueden ayudarnos ahora a ver su parte graciosa. Por eso podemos sonreír cuando tratamos de nuevo, hasta cuando lo hagamos correctamente. Ya no tenemos le necesidad de renunciar en una vergüenza secreta. No tenemos la necesidad de renovar nuestros intentos desesperados por encontrar la confianza social en la botella, donde siempre por el contrario habíamos encontrado la soledad.
Este es un ejemplo extremo de la clase de sensación que muchos de nosotros recibimos cuando empezamos a navegar por la sobriedad. Y nos muestra cuán peligrosamente perdidos podríamos encontrarnos si tratáramos de continuar en forma solitaria. La oportunidad de hacer ese viaje sería de una en millones.
Pero ahora sabemos muy bien que no tenemos que proceder por nuestra cuenta. Es mucho más sensato, seguro y fácil hacerlo en compañía de toda una flota feliz que va en la misma dirección. Y ninguno de nosotros tiene por qué sentir vergüenza de utilizar la ayuda, puesto que todos nos ayudamos unos a otros.
No es una cobardía el utilizar ayuda para recuperarnos de un problema de bebida, así como no es cobardía utilizar una muleta cuando tenemos una pierna rota. Una muleta es un artefacto maravilloso para aquellos que lo necesitan y para aquellos que comprenden su utilidad.
¿Pero es que hay algo realmente heroico en una persona ciega que va dando tumbos y caídas simplemente porque se niega a utilizar una ayuda que fácilmente podría obtener? El asumir riesgos locos e innecesarios, alcanza en ocasiones alabanzas inmerecidas. Pero una ayuda mutua, que siempre funciona mejor, realmente debiera ser más apreciada y admirada.
Nuestra propia experiencia para permanecer sobrios refleja en forma abrumadora la sabiduría de utilizar cualquier ayuda disponible para recuperarnos del problema de la bebida. A pesar de nuestra gran necesidad o deseo, ninguno de nosotros ha podido recuperarse del alcoholismo por sus propios y únicos esfuerzos. De habernos sido posible, no habríamos tenido necesidad de acercarnos a A.A., al psiquiatra o a alguien más en busca de ayudas.
Puesto que nadie puede vivir totalmente solo, puesto que todos nosotros dependemos en algún grado de nuestros congéneres, que nos suministran por lo menos algunos bienes y servicios, hemos visto la sensatez de aceptar esa realidad particular y trabajar dentro de ella en la aventura tan importante de sobreponernos a nuestro alcoholismo activo.
La idea de tomarnos un trago parece deslizarse dentro de nuestras mentes mucho más suave y sutilmente cuando estamos solos. Y cuando nos sentimos solitarios, y cuando la urgencia de un trago nos golpea, parece que lo hace con una fortaleza y velocidad especiales.
Tales ideas y deseos se presentan con frecuencia mucho menor cuando estamos con otras personas, especialmente no bebedoras. Si de todas maneras ocurren, parecen menos potentes y se pueden evitar más fácilmente mientras estamos en contacto con los compañeros de A.A.
No olvidemos que todos nosotros necesitamos ocasionalmente algún tiempo para dedicarlo a nuestra vida interior, colectar pensamientos, adquirir bienes, hacer algo, trabajar en las situaciones privadas, o simplemente descansar del esfuerzo cotidiano. Pero hemos visto que es muy peligroso que nos volvamos demasiado indulgentes en esto, especialmente cuando nuestro temperamento se vuelve un poco apático o autocompasivo. Casi cualquier compañía es mucho mejor que un amargo aislamiento.
Naturalmente, aun en las reuniones de A.A. es posible desear una bebida, así como hay gente que se siente solitaria en medio de una multitud. Pero las probabilidades en contra de tomar una bebida son mayores cuando estamos en compañía de otros miembros de A.A. que
las que tenemos cuando estamos solos en nuestro cuarto o en un rincón apartado y escondido de una taberna.
Cuando solo tenemos nuestra propia compañía, la conversación empieza a hacerse en forma circular. Cada vez más se va excluyendo el aporte de sensatez, que las otras personas nos pueden proporcionar. El tratar de argumentarse a usted mismo contra un trago es como tratar de hacer una autohipnosis. Generalmente, es casi tan efectivo como tratar de persuadir a una yegua que no dé a luz cuando su término se ha cumplido.
Por estas razones, entonces, cuando sugerimos evitar la fatiga y el hambre, añadimos también un peligro adicional que conforma la tripleta: "No se permita estar demasiado cansado, demasiado hambriento, o demasiado solitario".
Observe siempre esto.
Si la idea de beber un trago cruza por su mente en cualquier oportunidad, tómese una pausa para considerarla. Es muy probable que usted se encuentre en una o más de aquellas tres condiciones de alta peligrosidad. Hable con alguien, rápidamente. Eso por lo menos empieza a aliviarlo de la soledad.
15. VIGILAR LA IRA Y LOS RESENTIMIENTOS
La ira ya ha sido mencionada en este folleto. Pero algunas amargas experiencias nos han convencido de que es tan importante que merece la atención especial de cualquier persona que desee sobreponerse a un problema de trago.
La hostilidad, el resentimiento, la ira, cualquiera que sea la palabra que usted utilice para describir este sentimiento, parece tener una estrecha relación con la intoxicación y probablemente una relación aún más profunda con el alcoholismo.
Por ejemplo, algunos científicos preguntaron a un gran número de alcohólicos por qué se emborrachaban, y una de las más importantes respuestas fue "Para poderle echar la bronca a alguien". En otras palabras, sentían la fuerza y libertad para expresar su ira cuando estaban borrachos, fuerza y libertad de que no podían hacer gala cuando se encontraban sobrios.
Alguien ha sugerido que puede existir una relación bioquímica, sutil e indeterminada, entre el alcohol y los cambios físicos que acompañan la ira. Un estudio experimental entre alcohólicos sugirió que los resentimientos pueden crear en la sangre de los alcohólicos una cierta condición de incomodidad que se desvanece con una borrachera. Un
renombrado psicólogo ha sugerido recientemente que los bebedores pueden gozar la sensación del poder sobre otros que puede traer la influencia del alcohol.
Se han informado hechos claros acerca de la estrecha correlación que existe entre el beber y los asaltos y homicidios. Parece que en algunos países sucede una gran proporción de estos delitos cuando la víctima o el delincuente se encuentran bajo la influencia del alcohol. Las violaciones, las peleas domésticas conducentes al divorcio, el estupro y maltrato de los niños y los atracos también son frecuentemente paralelos a una condición de bebida excesiva.
Aun aquellos de nosotros que no hemos tenido experiencias en ese tipo de conducta podemos entender fácilmente la clase de rabia furiosa que puede llevar a algunas personas a pensar en una violencia extrema cuando están suficientemente borrachos. Por eso reconocemos el peligro potencial de la ira.
No parece existir ninguna duda de que la ira es un estado natural que ocurre en el animal humano de vez en cuando. Al igual que el temor, puede también tener algún valor de supervivencia para todos los miembros de la especia homo sapiens. La ira hacia ideas abstractas tales como la pobreza, la enfermedad y la injusticia ha producido indudablemente cambios y mejoras en diversas culturas.
Pero tampoco puede negarse que los asaltos violentos o verbales cometidos bajo la ira excesiva son deplorables y le hacen daño a la sociedad como un todo, tanto como a los individuos. Por ello, muchas religiones y filosofías nos urgen a librarnos de la ira para poder hallar una vida más feliz.
Sin embargo un gran número de personas tienen la certeza de que reprimir la ira es inconveniente para la salud emocional, de que debemos dar rienda suelta a nuestra hostilidad en alguna forma, o de lo contrario podría envanecer nuestro interior haciéndonos volver esa ira hacia nosotros mismos, y conduciéndonos a una profunda depresión.
La ira en todos sus aspectos es un problema humano universal. Pero representa una amenaza especial para los alcohólicos. Nuestra propia ira puede matarnos. Los alcohólicos recuperados están casi unánimemente de acuerdo en que la hostilidad, las peleas y los resentimientos nos hacen desear beber, y por consiguiente necesitamos estar alerta contra esos sentimientos. Hemos encontrado formas mucho más satisfactorias que la bebida para manejar este tipo de problemas.
Volvemos a ellas posteriormente. Primero daremos una lista de la formas y matices que pueden presentar la ira en algunas ocasiones:
Intolerancia Vanidad Tensión Desconfianza
Desprecio Rigidez Sarcasmo Ansiedad
Envidia Cinismo Autocompasión Sospechas
Odio Descontento Malicia Celos
Algunos miembros de A.A. han podido, durante su sobriedad, seguir la huella de todas esas sensaciones que conducen a la ira subyacente. Durante nuestros días de bebedores, muchos de nosotros dedicábamos muy poco tiempo a pensar en este tipo de cosas. Preferíamos lamentarnos por ellas, o reaccionábamos excesivamente, especialmente después de haberlas atenuado con otro trago.
Tal vez el miedo también debiera estar en esa lista, ya que muchos de nosotros creemos que la ira es frecuentemente una manifestación del temor. No siempre estamos seguros acerca de qué nos produce ese temor. En ocasiones, no es más que un miedo vago, generalizado e indefinido. Y puede ocasionar una ira igualmente generalizada, que repentinamente acabará enfocándose sobre algo o alguien.
Los sentimientos de frustración también pueden dar origen a la ira. Los bebedores problema no gozamos particularmente de un alto nivel de tolerancia cuando nos vemos enfrentados a la frustración, bien sea real o imaginaria. Para nosotros, el pasante de esas indigestas emociones era el alcohol.
Tal vez el resentimiento "justificado" sea el de más difícil manejo. Es el resultado final de la ira "correcta" largamente acariciada. Cuando le permitimos que continúe, lentamente irá minando nuestras defensas contra el consumo de bebida.
Aun en el caso de que realmente hayamos sido tratados injustamente o exageradamente, el resentimiento es un lujo que, como alcohólicos, no nos podemos permitir. Para nosotros, toda situación de ira es autodestructiva, porque nos puede conducir nuevamente a la bebida.
(En los libros "Alcohólicos Anónimos" y "Doce Pasos y Doce Tradiciones" se trata en detalle la forma de manejar estos resentimientos).
No podemos pretender ser expertos en la comprensión de la psicología profunda; por ello, inicialmente tenemos que concentrarnos, no tanto en buscar las causas de nuestras sensaciones molestas de ira, como en tratar de gobernar esas sensaciones ya sea que las creamos justificadas o no. Tratamos de controlar esas sensaciones para que no nos engañen y conduzcan nuevamente a beber.
E forma por demás interesante, varios de los métodos que hemos discutido para evitar la bebida han funcionado espléndidamente para sobreponernos a la molestia interior que sufrimos cuando estamos
airados. Cuando empezamos a revolvernos interiormente, por ejemplo, frecuentemente es de mucha ayuda dar algunos bocados de una golosina o tomarnos un vaso de alguna bebida dulce y no intoxicante.
También es notablemente efectivo, cuando empezamos a sentirnos demasiado molestos por algo, buscar un teléfono y contárselo a nuestro padrino o a alguno de nuestros compañeros. Es muy conveniente detenernos a pensar si no estaremos demasiado cansados. Si es este el caso, hemos visto que después de tomarnos un descanso la rabia se nos ha disipado.
Repetidamente, con el solo hecho de ponernos a considerar el refrán "Viva y deje vivir", se aplaca nuestro temperamento. O podemos cambiar repentinamente a una actitud que no tenga nada que ver con la fuente de nuestra ira, como escuchar nuestra música favorita, o hacer algún ejercicio físico.
Para muchos de nosotros, el meditar las ideas de la Oración de la Serenidad desvanece por completo nuestra hostilidad. Generalmente, cualquier cosa que nos haya puesto en ese estado nos parece algo que no podemos posiblemente controlar o cambiar (los nudos de tráfico, la temperatura, las filas larguísimas en el supermercado, etc.), por consiguiente, lo más sensato y maduro que podemos hacer es simplemente aceptarlo, en vez de ponernos a hervir interiormente o disponernos a beber.
Naturalmente, hay ocasiones en que nos sentimos resentidos por circunstancias de nuestra vida que pueden, y debieran, ser cambiadas. Tal vez debiéramos renunciar a un trabajo y buscar uno mejor, o divorciarnos, o trasladar nuestra familia a un vecindario diferente. Si es así, una decisión de tal naturaleza necesita ser tomada cuidadosamente, no en forma precipitada o airada. Por eso debemos aplacarnos primero. Después podremos darle una meditación calmada y constructiva para tratar de descubrir si nuestro resentimiento está dirigido hacia algo que podemos cambiar. Para verificar esto, lea nuevamente la sección que trata acerca de la Oración de la Serenidad, en la página 37.
Hay ocasiones en que no debemos tratar con un resentimiento antiguo, sino con una rabia repentina y avasalladora. En tal caso, el plan de las 24 horas (que está en la página 21) y "Lo Primero Primero" (página 55) han ayudado a muchos de nosotros a sobreponernos a esa rabia, aunque al principio no podíamos ver en qué forma podría eso ayudarnos hasta cuando realmente lo intentamos, y obtuvimos resultados sorprendentemente buenos.
Otro remedio efectivo para la ira es la idea de actuar "como si". Decidimos actuar como lo haría una persona madura y bien equilibrada para manejar un resentimiento como el nuestro. Trate de ensayarlo en alguna oportunidad. Esto funciona efectivamente.
Y para muchos de nosotros, también tienen mucho valor la orientación profesional de un buen consejero, psiquiatra o sacerdote.
También podemos encontrar una válvula de escape en una acción física sin peligro. El ejercicio ya mencionado, respirar profundamente, o una ducha de agua caliente, o simplemente sentarnos a gritar en una silla (claro está, en privado) han ayudado a aliviar de la ira a muchos de nosotros.
Muy rara vez parece aconsejable la obturación, la disculpa o el represamiento de la ira. Por el contrario, tratamos de aprender a no actuar bajo su influencia, sino a tratar de hacer algo al respecto. Si no lo hacemos, incrementamos enormemente nuestra propensión a beber.
Como personas no académicas que utilizamos únicamente nuestra experiencia, nosotros los alcohólicos recuperados no tenemos un conocimiento derivado de pruebas de laboratorio o teorías científicas acerca de estos asuntos. Pero pocas personas que hayan tenido alguna vez una resaca pueden olvidar el estado de irritación absolutamente irracional que nos hace sentir. En algunas ocasiones, descargamos esa irritación contra nuestros miembros de familia o compañeros de trabajo, amigos o extraños que ciertamente no han hecho nada para movernos en su contra. Esta tendencia puede durarnos algún tiempo en el período inicial de nuestra sobriedad, así como perduran los residuos de humo en un recinto cerrado, recordándonos nuestros días de alcoholismo, hasta cuando logremos hacer una limpieza completa de nuestra mente.
|